La Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada ha hecho posible la visita, en estos días, del Obispo de la diócesis de Nacala (Mozambique), el español y religioso Trinitario Mons. Alberto Vera. Ha permanecido en Oviedo, donde ha podido celebrar la eucaristía y ofrecer su testimonio en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen y de San Pablo de la Argañosa.
Mozambique ha sido noticia en los últimos años por una creciente oleada de violencia hacia los cristianos en el norte del país, causada por grupos islamistas radicales que ha provocado un gran éxodo de población hacia territorios del sur. Lo que, hasta hace pocos años era un país marcado por la pobreza y el azote del Sida, pero con una buena convivencia entre las religiones, hoy, en su zona norte, es un avispero con más de un millón de desplazados sin hogar y sin futuro. La provincia de Cabo Delgado, en la frontera con Tanzania, es la más castigada pero poco a poco los problemas comienzan a llegar también a la diócesis de Nacala. Así nos describe su Obispo cuál es la situación actual:

Mons. Alberto Vera en Oviedo
No es ningún recién llegado a Mozambique, ¿cuánto tiempo lleva en el país?
Llegué el día 12 de enero del año 2000. Llevo más de 26 años.
La diócesis de Nacala, sin embargo, no fue su primer destino. Vivió al principio en una zona del sur cercana a Maputo, la capital.
Sí, de hecho, desde Maputo hasta Nacala hay 2.400 kilómetros.
Es mucha distancia. En Mozambique, entre el norte y el sur hay grandes diferencias, parecen dos países distintos
Sí. En la medida en que uno sube hacia el norte, se encuentra un tipo de vida campesina y de pescadores para aquellos que viven en la costa. Una realidad, podríamos decir, de hace 500 años.
¿Qué es lo que está pasando en el norte del país, de un tiempo a esta parte?
A partir del año 2017 comienza una situación de violencia y de guerra propiciada por el grupo islámico Al-Shabaab, Estado Islámico Mozambicano, apoyado, no sabemos concretamente por qué países, pero ha movido mucho dinero en armas, en uniformes, en comidas y en formar un ejército. Este grupo comenzó en octubre de 2017 quemando y destruyendo aldeas. Al principio incluso destruía mezquitas y asesinaba a jefes musulmanes que no cumplían las leyes como ellos consideraban. Al mismo tiempo conquistó un territorio desde el centro de Cabo Delgado hacia el norte, hacia Tanzania. Ese territorio, que abarca unos 35.000 ó 40.000 kilómetros cuadrados, podemos decir se apropiaron totalmente de él. Eso hizo que una población en un primer momento de, en torno a 800.000 mozambiqueños, tuvieron que descender hacia el sur de la provincia de Cabo Delgado y algunos pasaron también a la provincia de Nampula. Con el tiempo también fueron sembrando el terror en iglesias y misiones, asesinando misioneros y cristianos.
¿Cómo está viviendo la población esta situación?
Los que han tenido que salir de su tierra han perdido todo. Y lo peor es que, en la medida que va pasando el tiempo, están perdiendo también la esperanza de volver a sus raíces, a su tierra y a donde están enterrados sus antepasados, que eso es lo que más les duele. En este momento hay un millón trescientas mil personas que han tenido que dejar sus casas y su tierra. Y ya se habla de 6.000 muertos desde el año 2017 hasta el día de hoy. Esta realidad es muy dura porque han tenido que formar muchos campos de desplazados y en estos campos en un primer momento fueron atendidos por el programa mundial de alimentación, por la UNICEF, por Cáritas, por ACNUR, por muchas instituciones de la ONU y ONGs. Lo que pasa es que, con el tiempo, todo el mundo se cansa y en este momento mucha de esta gente está pasando mucha necesidad, mucha hambre y por tanto, la llamada de atención que nosotros hacemos es, por favor, que no nos olvidemos de aquellos que están en estos campos y que dependen totalmente de las ayudas de otros.
En este momento, de hecho, mucha gente está tan desesperada que dicen «Prefiero regresar y que me maten los terroristas antes que quedarme aquí y morirme de hambre».

Celebrando la eucaristía en San Pablo de la Argañosa
¿Cuál es la labor de la Iglesia en medio de esta tragedia?
Bueno, desde un primer momento Cáritas de Mozambique y concretamente Cáritas diocesana de Pemba, comenzó con un programa de ayuda a todos los desplazados muy próximos a Pemba, a la capital, y también muy próximos ya al sur de la provincia, donde más campos hay de reasentamiento. En un primer momento se trataba de cubrir las necesidades básicas: alimentación, escuela, educación, etc. siempre colaborando con UNICEF, con el Programa Mundial de Alimentación y con otras instituciones.
Después, ante la situación de tragedia que tanta gente ha vivido, viendo cómo los terroristas mataban a sus familias y cómo tanta gente ha fallecido de forma violenta, comenzó una de las labores más bonitas que está realizando la Iglesia, orientada por una hermana psicóloga brasileña, la hermana Aparecida, y fue constituir grupos de apoyo psicológico en todos los campos. Estos grupos de apoyo psicológico, que en un primer momento algunas ONGs despreciaron, considerándolo una «cosa de monjitas» o algo así, resulta ha dado tan buenos resultados que ahora todas las ONG han pedido formaciones de este estilo, en pequeños grupos de gente según la procedencia, porque lo cierto es que ha ayudado a que mucha gente se libere de grandes traumas que traía de las experiencias de aquellos ataques.
Es increíble que esto sea tan desconocido fuera de Mozambique, hay numerosos conflictos internacionales de los que oímos a diario pero aquí tenemos a más de un millón de desplazados y nadie habla sobre ello.
Sí, y desgraciadamente por este motivo viven su situación con falta de esperanza. Se sienten abandonados del mundo. Incluso dentro del mismo país de Mozambique es una realidad desconocida. En Maputo, en Matola, en el sur de Mozambique, uno habla con sacerdotes, con otros cristianos, y parece como que están escuchando cosas de novela de otros países. Es una realidad candente y de un sufrimiento terrible y que mucha gente, sobre todo familias, se sienten ya abandonadas y desesperadas. El grito, tanto del Obispo de Pemba, don Antonio Giuliasi, Mozambicano, como el de las distintas instituciones, es un grito de socorro. Pedimos ayuda en todas las dimensiones, pero principalmente para satisfacer esas necesidades básicas que toda persona tiene, hambre, educación, casa, etc.
Lo que es más triste es que muchas ONGs, debido al peligro, han abandonado el trabajo tanto en la provincia de Cabo Delgado como también en distritos de mi propia diócesis, han salido huyendo por el miedo al terrorismo, por el miedo a la muerte.
Su diócesis empieza a estar tocada también. ¿Ha recibido amenazas en algún momento?
No, yo personalmente no he recibido ninguna amenaza. Me siento muy seguro por las personas que tengo a mi alrededor, por el trabajo que realizo con los musulmanes, que es un trabajo de mucha armonía, de mucho respeto y de mucho entendimiento mutuo. Pero sí que tengo tres misiones en parroquias como Chipene, Caba y Memba, donde los sacerdotes y los cristianos sienten en este momento mucho miedo, mucha inseguridad y está comenzando a haber algo que nunca existía, que es la falta de entendimiento entre musulmanes y cristianos, el pueblo musulmán y el pueblo cristiano. El día 12 de febrero estuve en una reunión con los animadores de varias comunidades, 40 en total y ellos decían que por ejemplo los musulmanes en este momento no les permiten a los cristianos participar en los funerales. Y eso es una cosa muy ofensiva porque las familias que hay en estas regiones son familias donde hay musulmanes y cristianos. Y a veces con insultos. Entonces, es algo que hay que corregir y que hay que tratar de darle una solución. Hablaba con ellos de que como cristianos, tenemos que vivir el perdón, la oración y la tolerancia mutua para poder seguir entendiéndonos y cada uno vivir su propia religión.