«Acoge, cuida y conforta » ha sido el lema del Albergue Covadonga, de Gijón, desde sus inicios. Estos días toda la gran familia que lo compone se ha dedicado a despedir con cariño a la comunidad de religiosas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia que, durante 35 años, ha estado atendiendo el centro. Una despedida en su parroquia, La Resurrección, y una despedida en el propio albergue, lo que ha provocado en las religiosas «sentimientos encontrados». «Por un lado mucha ilusión y agradecimiento, por todos los años que hemos estado, así como a todas las hermanas que aquí dieron su vida», explica la hermana Mª Tomasa Gimeno, superiora de la comunidad. «Gracias a Dios, seguimos muy vivas en otros lugares y en otras misiones, con otros apostolados dando lo mejor que tenemos. Así que sentimos mucha gratitud hacia esta tierra asturiana que nos acogió con el corazón y los brazos abiertos. Pero también sentimos mucha tristeza por dejar nuestra presencia Terciaria Capuchina en este lugar tan querido para nosotros, para nuestra congregación. Son días muy fuertes a nivel emocional».
Las Terciarias Capuchinas del Sagrado Corazón llegaron a nuestra diócesis, concretamente a Oviedo, en el año 1952. Hasta el año 1986 atendían un centro que se cerró y la comunidad se trasladó a Gijón. «Estando allí, hubo una petición por parte de un jesuita, el padre Francisco Herrero y la hermana Covadonga Donate y también de Tomás Marcos, para dar solución a un grave problema de sinhogarismo –como se llama ahora, que antes tenía otra nomenclatura–. Se vio esa necesidad y nos llamaron para poder atenderla», explica la hermana Mª Tomasa. El lugar que les ofreció el Ayuntamiento en su momento para iniciar la labor del Albergue fue el Matadero ya en desuso del Natahoyo. El lugar debía de ofrecer un aspecto deplorable pero tal y como recuerda la memoria de los que estuvieron presentes en los comienzos, Tomás Marcos, uno de los patronos fundadores, dijo «Voy a enseñárselo a las hermanas y si están animadas, pueden venir. Sólo lo intentarán si están tan locas como yo».
Así debió de ser y esta anécdota se recordó estos días en las despedidas. Las cuatro hermanas que entonces componían la comunidad se «lanzaron a la aventura». Con los años se cambió a la ubicación actual y también con los años las necesidades de los usuarios han ido cambiando, así como las diferentes problemáticas con las que llegan. «Nos hemos tenido que habituar e impulsar, no solo nosotros, que también, sino nuestros objetivos y nuestra visión, junto con el Patronato de la Fundación y los Servicios Sociales» explica la hermana Mª Tomasa, «porque el Albergue Covadonga está formado por una gran familia, todos buscando lo mejor: el bienestar de las personas que llegan a nosotros y hacerles la vida un poco más llevadera a estos hermanos que no tienen nada».
Y entre los retos que se les han ido presentando en los últimos años destaca «la barrera del idioma», porque en ocasiones llegan extranjeros «y no entendemos nada de lo que nos dicen», aunque señala «como decimos nosotros y los voluntarios, el lenguaje del corazón no entiende de idiomas, y tanto una mirada, una sonrisa, una atención o una capacidad de escucha traspasa barreras».
Son los voluntarios y las personas que están a diario en el Albergue los que se quedarán con el ejemplo de entrega y vocación que han ido dejando estos años las religiosas. «Hay que ser profesionales, pero mucho más», reconoce la hermana Mª Tomasa. «No se puede ser voluntarios sin una vocación de entrega, de acogida, porque esto no es un trabajo de oficina, sino cara a cara con personas que tenemos al lado»:
En ese lema de «acoge, cuida y conforta», la Hna. Mª Tomasa recuerda finalmente que también ella personalmente se ha sentido «acogida, cuidada y confortada». La labor, la dedicación y el ejemplo de estas religiosas se quedará ya para siempre en la memoria de aquellos que pudieron compartir con ellas el día a día en el Albergue Covadonga.