Querido Sr. Administrador Diocesano, hermanos sacerdotes y diáconos, religiosas y seminaristas, hermanos todos en el Señor. Que Él llene de paz vuestras almas y vuestros pies caminen por los senderos del bien. Vaya a todos mi saludo franciscano: Paz y Bien.
Sigue imparable el sucederse de nuestras calendas, y nos vamos metiendo en estos primeros pasos de un otoño apenas comenzado. Como comunidad cristiana nos ponemos a la escucha de la Palabra de Dios que nos convoca a su casa en este día de fiesta dominical, donde nos reconocemos como hermanos y nos damos la paz, para acercarnos luego a recibir debidamente preparados al Señor en la santa Eucaristía. Pero hoy la Diócesis de Astorga tiene un estreno con la primera ordenación de un diácono permanente. Damos gracias a Dios por el regalo de este acontecimiento aquí en la Catedral.
Vivimos en una sociedad que ama el control, la etiquetación. Es difícil salir del sambenito que te colocan y con el que casi te obligan a ser y a vivir cuando te señalan. No obstante, no siempre corresponde esa etiqueta con la verdad honda que se esconde detrás del escaparate personal. Siempre hemos de distinguir entre la persona y el personaje, entre la verdad y la apariencia. Así lo decía San Francisco de Asís en sus célebres Admoniciones, aquel hombre santo que amó la simplicidad evangélica –tan diferente de la complicación aparatosa como de la simplonería superficial–: «somos lo que somos ante Dios y nada más» (Adm 19). Le recordamos en este año del VIII centenario de su muerte.
En este sentido, el evangelio de este domingo, nos presenta un lúcido y duro diálogo de Jesús con los ancianos y sumos sacerdotes de Israel. No se dirige a sus discípulos, gente sencilla y hasta vulgar, sino a aquellos que eran el colectivo más influyente y determinante entre los varios grupos judíos. Jesús, frecuentemente se rebelará contra este tipo de engañifa religiosa, pseudoreligiosa, y hará ver cómo los oficialmente excluidos de la salvación también oficial, pueden estar más cerca e incluso tener la delantera en el Reino de Dios, por encima de aquellos bienpensantes, bienvivientes y bienolientes… que dicen siempre «sí» a Dios y a los demás, pero luego es «no» en realidad. Porque su «sí» es sólo para salir en la foto, para que cuente y para que lo cuenten, no una adhesión que nace del corazón. Tuvo que resultar duro de escuchar e hirientemente provocador, lo que Jesús les espetó sin ningún miramiento: “os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron” (Mt 21, 32).
Por ello, en el ejemplo de este Evangelio, Jesús trae a colación a los pecadores formales pero que pueden tener un fondo diverso. La apariencia de esta gente, es posiblemente desastrosa, impresentable, desaconsejable; pero lo que hay por dentro es diverso; tanto, tanto, que hasta pudiera ser parecido al de Dios. Son los pecadores que viven mal, pero sólo por fuera, porque el corazón nunca ha negado de verdad a Dios ni a los demás lo que en un momento dado pudieran pedir. Lo cual no quiere decir que no tengan que cambiar, o que no tengan que convertirse seriamente. Pero su malvivir, su pecado real, no ha llegado a corromper el corazón hasta el punto de disfrazarse de falsa disponibilidad, como hacen los del «sí» que luego resulta «no».
Para comprender este Evangelio hay que tener presente lo que Jesús dice en otras ocasiones en las que aborda el mismo tema de la apariencia hipócrita. Son, por ejemplo, los dos que oran en el templo: uno se pavonea de su virtud pasando la factura a Dios despreciando al prójimo que está al fondo, mientras que éste sólo sabe pedir perdón desde la última fila (cf. Lc 18, 9-14); son los dos hijos de la parábola del padre bueno: el pródigo que se extravió y decidió volver junto a su padre y el que sin haber salido nunca de casa jamás estuvo de corazón como un hijo (cf. Lc 15, 11-32); es la mujer adúltera: los impecables oficiales tantas veces clientes de su víctima, que querían tirar piedras puritanas, pero que estaban manchadas de complicidad e hipocresía (cf. Jn 8, 1-11). Son las otras maneras de explicar Jesús el gran pecado de la hipocresía farisea, ese que no consintió que su misericordia pudiera sanar sus heridas: el único pecado que ante Cristo se resistió.
Jesús descubre el fondo del corazón, más allá de la apariencia. Es más fácil cam-biar y convertirse quien tiene un corazón vulnerable y un rostro manchado, que quien tapa con extraños cosméticos la fealdad de su cara… fiel reflejo de un corazón endurecido y lleno de sí. Este fue el pecado que Jesús no logró erradicar entre quienes le escucharon y vieron. Ladrones, prostitutas, proscritos y excluidos, enfermos y pobres de todas las pobrezas… todos ellos hallaron en el Señor la verdad de su persona por humilde que fuese. Pero los fariseos no lograron vislumbrar a su Salvador que venía a ellos, mientras estaban maquillando su personaje particular. Seamos lo que somos ante Dios.
Pero decíamos que hoy en Astorga tiene lugar este momento de estreno diocesano con la ordenación como diácono permanente de nuestro hermano Miguel. El Señor ha ido escribiendo los párrafos de tu biografía, querido Miguel, y tu vida ha hecho un recorrido humano y cristiano hasta llegar esta tarde a tu ordenación como diácono. No se improvisa este momento ni por ti que has discernido la llamada, ni por la Iglesia que reconoce en ti la voz de Quien te llama. Cuando biográficamente vamos tejiendo el telar de nuestros años, encontramos los momentos que nos han marcado según se nos vio crecer: así también ha sucedido contigo, Miguel. Lugares de tu vida, personas que se pusieron a tu lado (particularmente, tu esposa) y todas las vicisitudes que bulleron en el corazón entre las dudas, las certezas, los tiempos de las pruebas y los tiempos encantados. Pero si ni tú ni la Iglesia hemos improvisado este momento, menos lo ha hecho el mismo Dios.
No estás en la vida de modo fortuito cuya fatiga ha consistido en encontrar tu sitio para hacer algo. Estás en la vida porque desde siempre se pensó en ti para esta misión. Hay una palabra que eternamente fue silenciada por Dios para que tus labios pudieran pronunciarla. Hay una gracia que eternamente el Señor retuvo para que tus manos nos la repartieran. Has nacido para esta palabra, la tuya. Y para esta gracia, la que se te confió. Sé fiel a la misión que te hace ministro de una palabra de vida inmensa y de una gracia que no es tuya sino de Dios.
La Iglesia confía a tu ministerio como diácono, esa triple encomienda que habrás visto en la teología que has estudiado, también en la meditación de tu plegaria y en los ensueños de tu ilusión: portavoces de la palabra que enseña, portadores de la gracia que santifica, pastores de la comunidad que acompaña. De esa palabra habrás de ser el primer oyente, de esa gracia el último mendigo, de esa comunidad el pastor que da la vida por los que se confían dejándote conducir por Dios y su Iglesia. Esta es la vida ministerial, verdadero tesoro inmerecido que llevamos en nuestras vasijas de barro. Como diácono estarás especialmente llamado al ministerio de la Palabra, al servicio de la Caridad y ministro de la Eucaristía, allí donde te envíe tu obispo en comunión con él y con los presbíteros de los que serás una ayuda preciosa. Bien se sabe que un diácono puede proclamar el Evangelio y predicar, presidir el bautismo de los que se hacen cristianos y el matrimonio de los que se casan, junto a tantas tareas que tienen que ver con la administración de una comunidad cristiana, la liturgia y la caridad en cualquiera de sus formas. No presiden la Santa Misa, ni confiesan ni administran la unción de los enfermos. Los diáconos pueden estar casados o ser célibes en el momento de su ordenación.
Pero en tu caso, se da una vocación dentro de una vocación previa. Fuiste llamado a la vida cristiana insertándote en Cristo y su Iglesia desde el momento de tu bautismo. Ya como adulto descubriste tu llamada a formar una familia junto a quien es tu esposa Sofía, a quien también agradecemos su apoyo en el recorrido que has hecho ulteriormente. Pero en vuestra vivencia matrimonial, bendecida por el regalo de vuestro hijo David, y que permanece como vocación primera, fue apareciendo lo que el Señor iba preparando como una ulterior llamada en tu servicio a la comunidad cristiana, auténtico ministerio que nos remonta a los tiempos apostólicos cuando surge entre los primeros cristianos esta necesidad ministerial que cubrirían los diáconos.
La vida no dejará que creas que todo lo has previsto en tus años de discernimiento vocacional, o que nada te podrá desafiar como si fueras al encuentro real de la vida real con todo contado, pesado y medido. Vendrán esas novedades que pondrán a prueba tu fe, tu esperanza, y tu capacidad de amar. Dios te sorprenderá ante situaciones jamás estudiadas en los libros, jamás explicadas por tus profesores, ni siquiera imaginadas en tus mejores ensueños o en las peores pesadillas mientras te preparabas para este ministerio. Pero esa sorpresa nunca será humillante: sencillamente servirá para no dormirse, para volver a la brega, para llenarse de una gracia que, mendicantes, deberás pedir cada día en la oración, dejándote provocar con misericordia por la gente a la que se te envía, sea cual sea su penuria, sus preguntas o su pobreza.
Quienes con verdad y sin trampas están dispuestos a ser verdaderos ministros del Señor que se dejan enviar por la Iglesia sin pasar factura de sus intereses, de sus años de servicio, de su posición y de su prestigio social, son verdaderos ministros del Señor que sirven a los hermanos como debe hacer siempre un diácono. Sois un regalo, un fraterno acicate que pone en vela y en vilo lo mejor que nos queda en el corazón a cada cual. Dios sea bendito por estos curas y diáconos no enfadados siempre, aunque tengan sus disgustos, no frustrados jamás, aunque sepan de fracasos pastorales, que dan gracias humildemente por las cosas que con ellos hace y dice Dios, que saben pedir perdón y aprender de sus errores, que son capaces de sonreír a cielo abierto y no se esconden cuando tienen motivos para llorar. Dios sea bendito por estos hermanos curas y diáconos de una pieza que están disponibles de veras, que no juegan con lo que no es de jugar.
Ministros del Señor que son fieles sin ser serviles, sanamente críticos que jamás murmurarán, responsables de sus penúltimas palabras y acogedores sin fisura de cuanto Dios en su Iglesia pronuncia como palabra final. Es el secreto de su alegría no fingida ni prestada, la clave de su fecundidad pastoral, la razón del bien que reparten a manos llenas, y el referente moral que sus vidas representan ante todos con una grande humanidad.
Querido Miguel, a esta comunidad diocesana de Astorga, fraternidad apostólica verdadera, te unes en esta tarde como diácono permanente. Es un regalo inmenso el que recibimos en tu persona y en el sí de tu fidelidad. Siempre me conmueve escuchar la consagración de los esposos como cuando tú te casaste con Sofía: prometo amarte y serte fiel en la salud, en la enfermedad, en las alegrías, en las penas, todos los días de mi vida.
¿Dónde están contadas anticipadamente esas cuatro circunstancias? En ningún sitio. Lo único que se sabe es que se quiere a esa persona reconociendo en ella la ayuda adecuada que Dios pone en sus vidas. Ese amor es el que debe ser fiel mirando al amor de Dios como fuente y sostenimiento de la fidelidad. No de modo distinto, cabe decir también de tu consagración diaconal en esta tarde. Más que tu salud o enfermedad, más que tus penas o alegrías, está la palabra que esta tarde te hará ministro ordenado para siempre. Vaya, pues, mi felicitación sincera a ti, Miguel, a la diócesis, a tu esposa Sofía y a tu hijo David. Señor Administrador diocesano, querido hermano Javier. Gracias por tu invitación para esta ordenación, y mi enhorabuena a esta Iglesia hermana de Astorga que estrena así a su primer diácono permanente. Pido al Señor que no tardéis en tener vuestro propio obispo que presida en la caridad esta apostólica comunidad cristiana. Amén.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo