Homilía en la fiesta de Santo Tomás de Aquino 2026

Publicado el 28/01/2026
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Queridos Sr. Obispo de Santander, hermano Don Arturo. Sres. Directores de los tres Centros de Estudios Teológicos (ISET, San Melchor de Quirós y San Juan Pablo II), Rectores y formadores de nuestros Seminarios: el Metropolitano de Oviedo, el conciliar de Santander, el Misionero Redemptoris Mater, el de Jinotega (Nicaragua) y el de Lumen Dei, claustro de profesores, sacerdotes concelebrantes y diáconos, seminaristas, religiosas, alumnos de nuestros centros, hermanos y hermanas: paz y bien.

Se van jalonando las efemérides en nuestro calendario académico, y hay días de fiesta que la liturgia nos enseña a celebrar debidamente. No es un día no lectivo sin más, sino un día en el que aprender con sabiduría lo que precisamente la Iglesia nos señala como algo que vale la pena meditar, interiorizar y luego testimoniar de tantos modos.

El año cristiano está salpicado dulcemente de ejemplos diversos de santidad diferenciada. Ya la carta a los Hebreos nos hablaba de que «teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús» (Heb 12, 1-2). En esa nube de testigos cristianos tenemos a los mártires que rubricaron con su sangre su adhesión al Señor y su compromiso evangelizador, a las vírgenes que ofrecieron toda su vida en pureza de cuerpo y de alma testimoniando el supremo amor por Cristo, a los pastores que fueron ejemplo precioso y alargado de las entrañas del Buen Pastor que da su vida por las ovejas confiadas a su ministerio. Pero también tenemos a los doctores, con su particular enseñanza desde el único Maestro permiten alargar nuestra mirada y ensanchar el corazón, para sacarnos de nuestros callejones sin salida y de los horizontes que no tienen meta ni color.

Hoy, la Iglesia nos propone precisamente la fiesta litúrgica de un doctor de la Iglesia. Son 38 los doctores que la Madre Iglesia señala en su santoral, entre ellos hay cuatro mujeres como lo fueron Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Siena, Santa Teresa de Lisieux y Santa Hildegarda de Bingen. Entre los últimos doctores proclamados por los Papas han sido: San Juan de Ávila (Benedicto XVI), San Ireneo (Francisco) y San Henry Newman (León).

Pero hay dos doctores que sobresalen en el Medioevo por la incidencia que tendrán en la historia de la teología: San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino. A ellos se referirá el Concilio Vaticano II desde la llamada “teología perenne” que preside el nuevo método teológico que recuerda el decreto Optatam Totius en su nº 16, en una bella síntesis de lo que significa el estudio de la teología: «Ordénese la teología dogmática de forma que, ante todo, se propongan los temas bíblicos; expóngase luego a los alumnos la contribución que los Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente han aportado en la fiel transmisión y comprensión de cada una de las verdades de la Revelación, y la historia posterior del dogma, considerada incluso en relación con la historia general de la Iglesia; aprendan luego los alumnos a ilustrar los misterios de la salvación, cuanto más puedan, y comprenderlos más profundamente y observar sus mutuas relaciones por medio de la especulación, siguiendo las enseñanzas de Santo Tomás; aprendan también a reconocerlos presentes y operantes en las acciones litúrgicas y en toda la vida de la Iglesia; a buscar la solución de los problemas humanos bajo la luz de la Revelación; a aplicar las verdades eternas a la variable condición de las cosas humanas, y a comunicarlas en modo apropiado a los hombres de su tiempo».

El título de doctor de la Iglesia responde al reconocimiento que un Papa o un Concilio Ecuménico otorga a algunos santos por su contribución significativa a la teología a través del estudio, la investigación y los escritos, que los constituye como eminentes maestros de la fe para todo el Pueblo de Dios de todas las épocas. Decíamos en la antífona del Benedictus en las laudes de esta mañana: «Bendito sea el Señor, por cuyo amor santo Tomás estudió, oró asiduamente y trabajó». Es una apretada síntesis de lo que sobresale en este docto fraile dominico: que la fuente de su estudio fue la oración asidua que practicó, y que el fruto de su labor teológica redundó en el trabajo apostólico al que se dedicó predicando, como fiel hijo de Santo Domingo y de la Orden de Predicadores a la que perteneció. Tal y como apuntó Benedicto XVI en su célebre catequesis sobre Santo Tomás de Aquino, “además del estudio y la enseñanza, Tomás se dedicó también a la predicación al pueblo. Y también el pueblo iba de buen grado a escucharle. Diría que es verdaderamente una gracia grande cuando los teólogos saben hablar con sencillez y fervor a los fieles. El ministerio de la predicación, por otra parte, ayuda a los mismos expertos en teología a un sano realismo pastoral, y enriquece de estímulos vivaces su investigación” (Benedicto XVI, Catequesis audiencia general, 2 junio 2010).

Toda su ingente producción teológica, particularmente la Summa Theologiae, reflejan lo que hemos escuchado en la primera lectura del libro de la Sabiduría: «Que Dios me conceda hablar con conocimiento y tener pensamientos dignos de sus dones, porque él es el mentor de la sabiduría y el adalid de los sabios. En sus manos estamos nosotros y nuestras palabras, toda prudencia y toda inteligencia práctica». Es así que Santo Tomás de Aquino fue discípulo del que propiamente es nuestro único Maestro, como nos ha recordado Jesús en el Evangelio de este día.

La Iglesia ha recibido ese depósito que cree con fe firme, que ha sabido custodiar con fidelidad creativa, que ha querido celebrar litúrgicamente con delicada belleza, anunciar misioneramente con audacia, distribuir sacramentalmente con humildad, y enseñar catequéticamente con sabiduría. Cada generación cristiana ha querido explicar a sus contemporáneos esa historia tejida de estos factores. Y aquí los teólogos tienen una importante tarea, un verdadero ministerio, a la hora de transmitir con fidelidad esta salvación que se ha hecho historia redentora. Por eso, y aquí brilla otra cualidad de Santo Tomás de Aquino, no basta el estudio y la enseñanza, sino que la santidad también incumbe en este ministerio docente de la teología: no puede ser indiferente, no puede dejar de tocar el corazón, la inteligencia, la propia y entera vida. Teología y santidad es un célebre binomio que el gran teólogo Hans Urs von Balthasar acuñó para reivindicar a los teólogos su llamada a la santidad, siguiendo la estela de los santos teólogos, entre ellos el Aquinate, en unas páginas en las que desgrana la hondura de Santo Tomás.

Le pedimos con toda la Iglesia lo que hemos rezado en la oración colecta: Señor, tú que hiciste de santo Tomás de Aquino un varón preclaro por su anhelo de santidad y por su dedicación a las ciencias sagradas, concédenos entender lo que él enseñó e imitar el ejemplo que nos dejó en su vida.

Estamos en este centro formación teológica en donde nuestros tres institutos acompañan a los alumnos de los diversos seminarios que aquí se preparan para mejor servir a Dios y a la Iglesia desde sus respectivas vocaciones como sacerdotes, consagrados y laicos. Aquí, mientras celebramos la memoria litúrgica de este santo teólogo, nos encomendamos a su intercesión, y tanto profesores como alumnos -que juntos formamos esta comunidad docente-, nos ponemos bajo la mirada de ese Misterio que él contempló, que él adoró, que él reflexionó, y que acertó a testimoniar con fidelidad y en la exquisita comunión con la Iglesia de Dios, tanto en su vida, como en su predicación y enseñanza. Una teología arrodillada que sabe a lo que sabe Dios. El Señor os bendiga y os guarde.

Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Seminario Metropolitano de Oviedo
28 de enero de 2026