Homilía en la fiesta de San Pedro (Gijón)

Publicado el 29/06/2026
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En esta festividad la comunidad cristiana celebra a dos apóstoles de primera magnitud, hasta ser llamados “columnas de la Iglesia”. Como luego escucharemos en el prefacio de la Misa, le decimos al Señor: “en los santos apóstoles Pedro y Pablo has querido dar a tu Iglesia un motivo de alegría: Pedro fue el primero en confesar la fe, Pablo, el maestro insigne que la interpretó; aquel fundó la primitiva Iglesia con el resto de Israel, este fue maestro y doctor en la vocación de los gentiles”.

Pero aquí en Gijón se hace fiesta grande por la efeméride de San Pedro siendo el patrono de nuestra Villa y Ciudad. No en vano, Pedro sabía de orillas marineras y su oficio fue precisamente el de un avezado pescador. La parroquia de San Pedro es acantilado natural y rompeolas de nuestro bravo mar Cantábrico, cuyas aguas serán luego bendecidas y embellecidas por las flores que arrojaremos a su vaivén de olas bondadosas.

No tuvo cita previa aquel pescador que en medio de aquella mañana repasaba sus redes con los compañeros, con el aire de tristeza de venir de una noche hueca y aciaga. Redes vacías que había que arreglar para ver si la noche siguiente les generaba una alegría que horas antes no pudieron disfrutar. Pero en esa guisa tuvo lugar el primer encuentro con un desconocido Jesús que les importunaba con la pregunta incómoda sobre su fracaso pescador.

Les invitó a faenar de nuevo remando mar adentro, indicando a los profesionales de la pesca dónde se hallaba el banco de peces mejor. Y, contra todo pronóstico, aquella redada milagrosa se dio. Quedó tan confundido Simón, que sintió miedo ante quien no conocía, y comparó de prisa su condición de rudo pescador y de pobre pecador, con la magnitud luminosa y santa que se presentaba ante su mirada con el rostro de Jesús el Señor. No tuvo otra salida a su perplejidad nerviosa, a su susto pasmado, que decirle al Maestro que se fuera lejos, que sentía miedo y desazón ante la desproporción de aquél inusitado encuentro entre él y Jesús.

Pero Cristo no sólo no se marchó, sino que le cambió el oficio como luego le cambiaría el nombre tiempo después: tú serás pescador de hombres, y te llamarás Pedro en lugar de llamarte Simón. Así comenzó la andadura cristiana de ese pecador que era pescador, al que Jesús cambió su mar y sus peces, pero no el oficio de apóstol que luego le dio.

Otra escena señera de Pedro con Jesús es la escena que acabamos de escuchar en el Evangelio. El Maestro hace una encuesta para recabar qué se dice por ahí sobre Él, para venir a la gran pregunta crucial: está bien lo que unos y otros andan diciendo quién sea yo, pero lo importante es quién decís cada uno quién soy para vosotros yo. No valía aquí la definición prestada, la presentación aprendida en labios ajenos, sino lo que en sus corazones iba prendiendo tras escuchar tantas palabras sabias y tras ser testigos de tantos signos milagrosos. Es cuando Simón arrancará con verdadera inspiración diciendo que Jesús era el Mesías ante su propio pasmo y el de sus compañeros todos. Ello le valió la alabanza del Maestro, que le cambiara entonces de nombre y le constituyera en primado junto al resto de los apóstoles.

Pero la tercera y decisiva escena, vendrá de nuevo junto a la orilla del mar de Tiberíades. Esta escena vuelve a poner en diálogo a Jesús con Pedro, con aquel Pedro tan ufano y tan seguro de sí mismo cuanto ignorante de su fragilidad y pequeñez que jamás dejó de ser barro, y que para empezar a ser piedra (Cefas), tenía que hacer una cura de humildad.

Es toda la vida de Pedro, el viejo pescador, la que en esta aparición de Jesús Resucitado vuelve a repetirse velozmente. De nuevo entre redes, como al principio; de nuevo ante un faenar cansino e ineficaz, como tantas veces en su vida; de nuevo a la dureza de cada día, en un cotidiano sin Jesús, como antes de que todo hubiera sucedido. Y así, como quien vuelve a lo de siempre después de tres años de ilusión y desencanto, en un ímpetu lleno de resaca desabrida, Pedro dice a sus compañeros: «me voy a pescar”, correspondido por un “vamos también nosotros contigo» (Jn 21,3). ¿Qué iban a hacer si no? Es un relato lleno de una gran humanidad donde todos los registros de la persona quedan al descubierto ante el hecho decisivo de encontrarse de nuevo con Jesús.

En la narración de este Evangelio, como en la vida misma, la aparición de la luz, el sol que nace de lo Alto, coincide siempre con la presencia del Señor. No era aun sol radiante canicular, sino una luz discretamente amaneciendo, «porque los discípulos no sabían que era Jesús» (Jn 21,4). Y alguien extraño a una hora temprana, desde la orilla, se atreve a provocar haciendo una pregunta allí donde más dolía, porque era preguntar sobre lo que había… donde no existía más que vacío y cansancio. Esta es la paradoja en la que una vez más en lo imposible para los hombres Dios regala su inesperada y agraciante posibilidad. Y como quien se deja llevar, como quien tan duramente ha aprendido que la verdad de las cosas no siempre coincide con lo que nuestros ojos logran ver y nuestras manos acariciar, se fiaron de aquel desconocido cantamañanas.

El resultado fue el inesperado, sí, justamente ese que sorprende porque ya no se espera, porque se nos da cuando vamos de retirada y estamos de vuelta… tal vez sin apenas haber salido desde todas nuestras inutilidades y nuestras nadas. Para unos sería suerte, para otros buena vista, acaso magia para otros, pero para el discípulo amado sólo podía ser una cosa: el Señor. Y sus ojos de contemplativo íntimo del Corazón de Cristo junto al que se recostó en la última cena, le harán ver lo que otros no podían.

El relato está escrito sobre el cliché de las negaciones de Pedro: hay unas brasas que recuerdan aquella fogata en torno a la cual pocos días antes el viejo pescador juró y perjuró que no conocía a Jesús, y lo negó. Hasta tres veces lo negó. Ahora, junto al fuego hermano, Jesús lavará con misericordia la debilidad de Pedro, y con dulzura transformará para siempre su barro frágil en piedra fiel. Porque le volverá a llamar como la vez primera: Simón hijo de Juan, para terminar confirmándole su nombre nuevo: Pedro, Cefas, Piedra. Todo un recorrido por la biografía humana de alguien a quien Jesús transformó.

El verdadero milagro no es una red que se llena, no son los vacíos que se tornan en plenitud inmerecida. El milagro más grande es que la traición cobarde se transforma en confesión de amor. Hasta tres veces lo confesará. La cobardía, como la traición, deshumanizó a Pedro, le hizo ser como en el fondo no era, y le obligó a decir lo que su corazón no quería, rompiendo en llanto desconsolado para decir con lágrimas lo que sus labios no lograrían. El amor de Jesús, su gracia siempre pronta, le humanizará de nuevo, hasta estrenar su verdadera vida, hasta el milagro de poder otra vez recomenzar. Sin ironía, sin indirectas, sin pago de cuentas atrasadas. Gratuitamente como la gracia misma.

En nuestro mundo, hay muchas fogatas y foros donde se traiciona a Dios y a los hermanos, y haciendo así nos deshumanizamos, y nos partimos y rompemos. Pero hay otras brasas, las que Jesús prepara en el amanecer de todas nuestras oscuridades y en la vuelta de todas nuestras fatigas inútiles, y allí nos convoca en compañía nueva, haciéndonos humanidad distinta. Allí nos permite volver a empezar, en la alegría del milagro de su misericordia. Es la última pesca, la de nuestras torpezas y cansancios. Feliz quien tenga ojos para reconocerle como Juan, y quien se deje renacer como Pedro.

Dirá bellamente San Agustín: «No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor. No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor. A pesar de su debilidad, por primera, por segunda y por tercera vez encomendó el Señor sus ovejas a Pedro».

Un sucesor de Pedro, nos ha visitado en estos días. El papa León XIV es el sucesor número 267. Hoy es también el día del papa y por él rezamos. El milagro explosivo que ha suscitado el Santo Padre con su visita ha coincidido con una urgente necesidad que adolecíamos en este escenario mundial y nacional. Porque todos los envites y embates que nos asolan desde los tambores de guerra internacionalmente y desde la saturación de corrupción política con las gobernanzas mendaces y sus cloacas, todos los desafíos que cultural y socialmente nos provocan los terremotos varios, todas las crisis de tibieza o complejo eclesial que nos debilitan han puesto en evidencia la orfandad de nuestro momento. Pero esta situación ha sido sorprendida con algo de lo que sin saberlo quizás éramos mendigos. Ha sido la vivencia de una paternidad que nos abraza disipando nuestros miedos, habitando nuestras soledades, vendando nuestras heridas, iluminando nuestras oscuridades.

El estribillo constante ha sido volver a la comunión que nos une, esa fraternidad que tiene el referente siempre presente del Dios que nos hace hermanos. ¡Cuántas cosas nos enfrentan y nos desangran dejándonos tristes y haciéndonos estériles! Necesitamos el dulce reclamo de levantar puentes que abran el trasiego fraterno, y superar la vieja tentación de cavar las fronteras que nos enfrentan tan inútilmente.

Aunque es cierto que hubo tentativos de utilizar la visita papal como distracción por parte de algunos políticos aprovechando el tirón del Santo Padre para salir en la foto o deslizar sus fijaciones, quedó totalmente eclipsado el intento ante la evidencia palpable de lo que ha supuesto de grata sorpresa y saludable conmoción. La “brisa Prevost” fue un huracán de esperanza que nos ha ayudado a mirar sin claudicaciones la verdad, a abrazar humildemente la bondad y a no censurar la belleza que nos dilata alzando la mirada.

En este día de la fiesta de San Pedro, rezamos por el papa León XIV, y rezamos por esta hermosa villa de Gijón, nuestro Gijón del alma, pidiendo que la orilla de nuestra vida sea siempre bañada por las aguas de la paz y la concordia que nos permite construir no torres de Babel que nos confunden y enfrentan, sino la ciudad de Dios en las que bajo su mirada crecemos como hermanos. Y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga, siempre. Amén.

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
29 junio de 2026
Parroquia San Pedro (Gijón)