Querido Padre Guardián y Custodio del Monasterio de Guadalupe, comunidad franciscana y sacerdotes concelebrantes. Excelentísimo Sr. Alcalde, corporación municipal y demás autoridades presentes, Asociación de los Caballeros y de las Damas de Nuestra Señora de Guadalupe, hermanos todos en el Señor: que Dios llene de Paz vuestro corazón y encamine vuestros pasos por los caminos del Bien. A todos: Paz y Bien.
Hoy es un día grande y anualmente esperado en este enclave extremeño de la Puebla de Guadalupe. Tiene sabor de patronazgo hispano, y lleva en su memoria la imborrable hazaña descubridora que está unida para siempre a su fecha. Estamos en uno de los santuarios marianos más importantes de España que tiene vínculos estrechos con nuestra Patria y los pueblos allende los mares en el Nuevo Mundo de las Américas.
Todo comenzó con sencillez, como suelen ser las cosas cristianas. Nos cuenta Fr. Diego de Ecija en su libro sobre el hallazgo de la imagen de la Virgen en los albores del siglo XIV, cómo María se apareció a un pastor anónimo. Estaba muy avanzada ya la reconquista de la Hispania cristiana cuyo comienzo tuvo lugar en otro enclave para mí especialmente querido en Asturias, en las montañas de Covadonga. Quedaban todavía reductos de presencia almoade y alguna incursión de los benemires, que serán finalmente derrotados por el ejército cristiano de Alfonso XI de Castilla y Alfonso IV de Portugal en la batalla del Salado (1340). Tras esa importante victoria cristiana, el rey Alfonso XI de Castilla quiso reconstruir el maltrecho eremitorio que años atrás se erigió como memoria del encuentro de la Virgen y su pequeño pastor. Sería una primera intervención que se haría cada vez más importante por la protección real de nuestros monarcas cristianos, hasta constituir un priorato de sacerdotes diocesanos, un monasterio de monjes jerónimos después, y tras los años de abandono como consecuencia de la nefasta desamortización de Mendizábal, la entrega del monasterio a los frailes franciscanos, mis hermanos, desde comienzos del siglo pasado. Doy gracias al Padre Guardián por invitarme a esta Misa.
Guadalupe ha sido lugar de encuentro decisivo donde los Reyes Católicos y Cristóbal Colón para apoyar el proyecto hispano que culminó en el descubrimiento de América, aquí serían bautizados los primeros indígenas que del Nuevo Mundo nos llegaron. Por este motivo hay un nexo grande y profundo entre Guadalupe y la fiesta de la Hispanidad, en esta fecha del descubrimiento de América. No en vano estamos celebrando nada menos que los 98 años de la coronación canónica de la querida imagen de la Virgen de Guadalupe, cuando en 1928, tal que hoy, fue proclamada Reina de la Hispanidad.
La mirada se llena de embrujo ante el color de los bosques y altozanos con sus ocres y amarillos, metiéndonos de bruces en esta época de magia dulce y serena de un otoño casi apenas estrenado. Este ambiente nos acoge en una cita especial en este precioso rincón de Extremadura pero que lo es de toda España e incluso, con un océano por medio, abraza toda la Hispanidad.
Hace más de cinco siglos que sucedió esa epopeya de la historia universal con el descubrimiento de América. Descubrir un mundo nuevo, nuevas gentes, nuevas tierras, encerraba una serie de intereses económicos, políticos y militares. Pero semejante hazaña, llevada a cabo por aquellos hombres con sus luces y sus sombras, sus gracias y pecados, tenía también otro objetivo. No sólo llevaban ambiciones comerciales, no sólo portaban arcabuces y soldadescas, llevaban también el evangelio, la cruz del Resucitado y un mensaje salvador que anunciar compartiendo con aquellas gentes recién descubiertas, la alegría cristiana con toda su belleza. Así se ha hecho el reconocimiento de estos pueblos hispanos hermanos nuestros con los que tenemos en común la lengua, la fe y el afecto mutuo. Nosotros nos mestizamos, los hicimos nuestros y dejamos que nos hicieran suyos, dando por resultado el abrazo hispano que marca el descubrimiento del Nuevo Mundo.
Siglos antes, hubo una joven mujer que se sorprendió ante la insólita visita de un mensajero de Dios. El arcángel San Gabriel vino con una propuesta que sobrepasaba en aquel día los sueños de una joven prometida con José, el artesano de Nazareth. María quedó para siempre marcada por aquella palabra que le invitó a escuchar cuando el ángel le anunció que podría ser madre del Mesías. Su reparo “¿cómo será esto si yo no conozco varón?”, no era la sospecha del escéptico, sino la petición de ayuda de quien se encuentra desbordado ante una palabra demasiado grande. Lo imposible para ti, es posible para Dios, fue la respuesta de ayuda que ella recibió. Y su reacción no se dejó ya escapar jamás: que esa Palabra se haga carne de mi carne, hágase en mí según tu Palabra.
María representa lo mejor de nuestra historia cristiana. La historia creyente de la Virgen María nos habla de un requiebro hermoso en la fatalidad cotidiana, para poder asomarnos con Ella y en Ella a cómo en la tierra de todos nuestros imposibles Dios puede hacer florecer su divina posibilidad. ¿Qué representa para nosotros lo imposible? ¿Nos atreveremos a ponerle nombre y circunstancia? Tantas cosas nos pueden resultar así de inasequibles, de desbordantes, hasta provocar las lágrimas que furtivamente hemos ido a compartir con la Dulce Señora en esa ermita escondida del corazón. Ella nos dice que Dios, es más, que tiene recursos, que nos sabe amar y que es el único que no juega con nuestra felicidad, trocando de este modo nuestro llanto en danza, quitándonos los lutos para revestirnos de la mejor algazara de una fiesta sin par.
Si las piedras que sostienen la Basílica de Guadalupe pudieran hablar, nos darían testimonio de la petición de tantos hermanos nuestros que a través de los siglos han ido y venido precisamente a este lugar buscando la gracia capaz de sostener la firmeza ante cualquier zozobra y contradicción. Este monasterio es la remembranza de un sí en el que comienza la historia cristiana, y en ese sí de la Virgen el pueblo cristiano no ha cesado de fundamentar su fe que se ha dilatado misioneramente por toda la hispanidad.
Nuestra tradición cristiana ha reconocido siempre en María ese milagro de amor que Dios nos entregó en ella, porque ella siempre está junto a nosotros cada vez que nos falta el buen vino de bodas, como sucediera ya en Caná. Si falta el vino de la paz o de la gracia, de la esperanza o de la luz, María siempre estará para indicar a su Hijo Jesús que estamos faltos de esos vinos generosos, y para recordarnos a nosotros lo que nunca hemos de olvidar: hacer lo que Él nos diga. Por ese saber escuchar las palabras de Dios y vivirlas, por eso María es bienaventurada. Hoy es un buen día para saber dar gracias por todos estos motivos que dan sentido a nuestra alabanza dando gloria a Dios en María bajo su advocación de Guadalupe.
El Evangelio que acabamos de escuchar en esta fiesta de la Hispanidad junto a la Virgen de Guadalupe, nos abre un horizonte de esperanza cristiana. María inicia un largo itinerario de más de 120 kms. con aquellos caminos de polvo y desierto. El arcángel Gabriel le propuso: ve a visitar a tu prima Isabel, madre como tú de un milagro. Asómate a la vida y verás que no todo es oscuro, ni torcido, ni mendaz, a pesar de los pesares hay también semillas de luz, de rectitud y de verdad. En el campo de la historia no todo es cizaña que nos enfrenta, nos corrompe y destruye, también hay trigos que despuntan cada mañana madurando sus granos de los que saldrán el pan tierno que nos nutre a diario.
Ahí estaba el reto más desafiante: lo imposible para ti, es posible para Dios. María lo verificó cuando se encontró con Isabel: no sólo había imperios abusivos y corruptos, no sólo había decadencia ética y resignación triste, no únicamente se daba la violencia y el miedo, sino que también existía gente buena cuya bondad no tenía precio, gente verdadera cuya verdad hacía creíble la palabra dada, gente hermosa cuya belleza moral no tenía maquillaje trucado engañando a mansalva. Hay que tener ojos para verlo todo, poniendo nombre con valentía a lo que nos malea y afea, y al mismo tiempo atisbar los rostros junto a los que maduramos como personas. Isabel tuvo un gesto precioso que testimonió ante su joven prima: “al llegar a mí tu saludo, la criatura que llevo en el seno ha saltado con alegría en mis entrañas”. El P. Joseph Kentenich, sacerdote alemán fundador de Schönstatt, dirá comentando esta escena: ¿por qué nuestros encuentros no generan esa alegría? Es como decir: ¿por qué cuando nos cruzamos nos evitamos hasta cambiar de acera, negarnos la palabra o herirnos de tantas maneras, incapaces de construir juntos lo que vale la pena, y haciendo de nuestras diferencias no armas arrojadizas sino puentes de encuentro con un trasiego que nos enriquece y complementa?
Aquí estáis una buena representación de la sociedad extremeña: una muestra preciosa de una sociedad plural como la vuestra. Aquí acudís venerando a la Patrona de Extremadura y de la Hispanidad. Podemos unos y otros cavar trincheras, levantar barricadas, arbitrar condenas y manipular las cosas con mentiras maquilladas, faltar al respeto a la vida y a la libertad en nombre de ideologías de toda ralea. Pero también podemos unos y otros trabajar por la concordia y el bien común sin caer en el buenismo ingenuo que nunca sirve para nada.
Sí, puede que sean muchas las cosas que nos resulten también a nosotros imposibles ante el duro panorama que se nos abre ante los ojos cada día, pero no lo son para Dios. Él cuenta con nuestras manos para construir un mundo distinto, con nuestros labios para decir sin engaño palabras verdaderas, con nuestro corazón en el que palpite una bondad que no se envilece, con nuestra inteligencia para descubrir recursos que hagan de la vida un regalo sin precio ni amenaza. Este es el mensaje de María, y el que en esta festividad de Guadalupe pedimos aquí a nuestra Señora. Yo lo deseo con todo el corazón.
Dentro de unos instantes darán un paso adelante los nuevos miembros de la Real Asociación de Caballeros de Santa María de Guadalupe. Vaya mi enhorabuena a todos vosotros, y que vuestra hermandad guadalupense os ayude a crecer en vuestra vida cristiana y a testimoniarla en vuestra familia, vuestro trabajo y en la sociedad.
Amigos y hermanos, pido a la Virgen de Guadalupe que sea siempre la buena Madre que nos acompaña, haciendo posible los sueños de Dios sin que nos secuestren nuestras peores pesadillas. Y que Ella bendiga Extremadura y todos los pueblos hermanos con los que después de cinco siglos seguimos escribiendo la Hispanidad inacabada. Amén.
Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
12 de octubre de 2026