Homilía en la Fiesta de la Epifanía del Señor 2026

Publicado el 06/01/2026
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Queridos hermanos sacerdotes, hermanos todos en el Señor, paz y bien. Me viene un recuerdo ancestral de mi más tierna infancia. En el pequeño nacimiento en el belén de mi casa, los niños íbamos moviendo durante el tiempo de Navidad las figuras de los Reyes Magos. Rodeando el castillo de Herodes, los empujábamos poco a poco hasta que, llegando una fecha como esta en la que nos encontramos, los poníamos delante del portal en gesto de adoración al niño Jesús, venerando a María y a José. Este gesto infantil que hacíamos los más pequeños era para recordar a los mayores que quedaba todavía la fiesta de los Reyes, según íbamos caminando en las jornadas navideñas.

Esta festividad nos da un dato primordial. El dato es que aquellos que vinieron a adorar venían de muy lejos. Como lejanos eran también los pastores que fueron los primeros en llegar. Diferente distanciamiento, Y era diversa también la lejanía, pero unos y otros no formaban parte de los de dentro. Lo dice el prólogo del evangelio de san Juan, que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. No había posada para que naciese el Mesías en Belén. Por tanto, los de cerca, lo excluyeron, pero Dios, en su providencia, convocó a los que estaban lejos, los pastores, porque eran un grupo de gente iletrada, poco culta, de costumbres quizás muy mejorables y que no formaban parte en ningún sentido de la comunidad social. Económica, política, ni siquiera religiosa. A esos tan alejados como a los primeros de todos, el ángel les anunció, hoy os ha nacido un salvador.

Los magos de Oriente eran diferentes, venían de otros lares, con otros conocimientos, con otras creencias también. Pero eran personas que escrutaban el universo y que estaban atentos a las estrellas siderales. Siguiendo la estrella, dieron con la luz del mundo, que es Jesucristo. Ha sido esta una noche, como siempre ocurre en la Noche de Reyes, una noche mágica en donde el niño que llevamos dentro, vuelve a soñar. Y el adulto que nos constituye se hace tantas preguntas. Y entre sueños y preguntas estamos aquí celebrando en la catedral de Oviedo la Santa Eucaristía.

Los sueños son aquellas intuiciones que gozan todavía, del encanto, de la pureza y de la esperanza que nunca nos ha abandonado. Somos audaces, no ingenuos, a la hora de ponernos a soñar. Quizás rodeados de no pocas pesadillas, se hacen hueco nuestros sueños. Cuando imaginamos un mundo distinto, cuando imaginamos una paz que venza cualquier guerra. Una paz que sea más grande que todas nuestras violencias. Cuando soñamos un mundo que sea justo y no malparado y abusivo. Cuando soñamos personas que teniendo la noble misión de la gobernanza, no se corrompan ni nos mientan, sino que nos acompañen en la convivencia, en la tolerancia, en la paz y en la justicia, a favor de la familia, la libertad y la vida. Soñamos que las cosas prometidas como eternas no tengan fecha de caducidad por nuestro cansancio o nuestras torpezas. Soñamos que también cuando el cuerpo se debilita por la ancianidad o por la enfermedad, no termine desesperándonos.

¿Cuántas cosas podríamos soñar con ese niño que se hace adulto, que vive en cada uno de nosotros? En el evangelio que acabamos de escuchar, la palabra que más se repite es la estrella. No es fácil encontrar la estrella que al final no te estrelle, sino la estrella que te conduzca, que no te deslumbre ni te engañe. Una estrella que no te supla, pero sí que sostenga tu camino y te marque el horizonte. Esas estrellas, Dios las regala. Y todos tenemos la experiencia de personas que han sido estrella como un don que el Señor nos hace a sus hijos, ellos son estrella para cada uno de nosotros. En un día como este de los Reyes, pedimos al Señor que nos bendiga con estrellas que nos sostengan, nos acompañen, nos orienten para podernos conducir a la luz que no declina, a esa luz que es lumbre que calienta en una casa encendida que coincide siempre con el hogar de Dios en nuestra tierra.

La palabra Epifanía, que es el nombre litúrgico de esta festividad de los Reyes Magos, significa manifestación, manifestación universal. No solamente a aquellos de Belén que no aceptaron, no solamente a ese puñado de pastores que sorprendidos bajaron, desde sus bajadas para adorar al Niño, sino también los magos, astrónomos más lejanos del Oriente distante, también a ellos les llega la Buena Noticia, como a ti y como a mí en esta mañana bendita.

Nos ofrecemos regalos como fueron aquellos que ofrecieron al pequeño Jesús, motivo por el cual, también nosotros nos regalamos diferentes presentes. El regalo más importante es ese regalo que no se envuelve, que no se compra y que tampoco se vende. El regalo de mi tiempo, el regalo de mi fe, el regalo de mi caridad, el regalo de mi esperanza. El regalo de mi amistad, el milagro de mis perdonanzas, todo aquello que me constituye en un don porque es Dios el mismo el que a través de mis manos lo reparte, y con una palabra cálida y fraterna que Dios mismo a través de mis labios la proclama. Por eso somos simples portadores y portavoces de un don más grande que nosotros y portavoces de un regalo mayor. Este es justamente el gesto regalador de un día de los Reyes Magos, Epifanía del Señor, que nosotros recordamos y remedamos mirando esa escena entrañable.

Con el calendario presente de este año cristiano que ya hemos comenzado, irán jalonándose las distintas fechas que nos permitirán, al hilo de los misterios del Señor o de María, celebrar lo que significa nuestra fe en la andadura de la edad de nuestros años y en el domicilio de nuestras circunstancias. Así lo haremos con la ayuda del Buen Dios y la compañía de su santa Iglesia.

Que tengáis un feliz día de Reyes, una santa jornada de la Epifanía del Señor. Que Él os bendiga y os guarde. Amén.

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Catedral Sancta Ovetensis. 6 enero de 2026