Homilía en el Jueves Santo 2026

Publicado el 02/04/2026
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Hemos llegado al corazón de esta Semana grande del calendario cristiano con la celebración del Jueves Santo. Se nos agolpan tantos recuerdos y vivencias que a lo largo de nuestra andadura marcaron en nuestro corazón esta entrañable fiesta litúrgica.

La Palabra de Dios nos ha recordado un doble trasiego de un Dios que no pasa de largo, sino que siempre se nos allega sea cual sea nuestro momento, y sea cual sea la circunstancia que lo rodea. En primer lugar, lo que en la primera lectura hemos escuchado al hilo del paso de Dios al sacar a su pueblo de la esclavitud que ahogaba su libertad, de aquel callejón sin salida en el que ellos vivían resignados a una deriva para la que no nacieron. Y les propondrá una cena rápida tomada con prisa, con ligero equipaje el atuendo de peregrino: ceñida la cintura, el bastón en la mano, las sandalias en los pies para salir a la tierra de la promesa que sus corazones, lo supieran o no, siempre anhelaron.

Hay situaciones en las que nuestros ojos se ciegan alicortos, renuncian a los horizontes infinitos para los que nacimos y nos secuestran tantos rincones mezquinos. Entonces Dios nos envía ángeles para advertirnos de tantos modos para que nos preparemos también nosotros ciñendo nuestras cinturas obesas de lo inútil, tomando el bastón que nos sostenga, las sandalias que nos permitan la santa aventura y la brújula que nos oriente en nuestros extravíos aciagos.

Jesús hizo de modo diverso, pero también en el contexto de una cena que resultó ser la última con sus amigos discípulos después de aquellos tres años inolvidables. Fue una preparación cuidada la de aquella cita vespertina. Pero había algo en el aire que la hacía extraña, y los discípulos se miraban unos a otros para ver si alguien sabía algo de lo que acontecía en aquella cena de pascua postrera que les resultaba insólitamente extraña. Se tornó el ambiente complejo fue cuando acabando las viandas con sus hierbas amargas, regadas con vino de cosecha, el Maestro se puso serio sin perder su tierna compostura, y comenzó a hablar con el Padre Dios delante de sus discípulos, al tiempo que se dirigía a éstos en la presencia del Padre. El amor diferenciado pero inseparable entre Dios y los hombres, quedaba manifiesto en aquel soliloquio abierto de Jesús ante la mirada pasmada de sus amigos comensales.

Pasaron por la memoria de todos tantos momentos vividos junto a Jesús. Fue larga la andadura de Jesús. Por breves que puedan parecer los pocos años que compartió con nosotros, fueron de una inmensa intensidad. Treinta y tres años donde sucedió todo lo que nos cuentan los evangelios: las lágrimas que Jesús enjugó, los juegos infantiles que observó, los pecados que pudo perdonar, las vidas desastradas que reorientó. No hubo rincón humano en el que no estuviera Él presente con una palabra que decir y una gracia que ofrecer. Pero Jerusalén era la etapa final, el final del trayecto de toda una vida. Aquella semana fue intensa en palabras y signos, como quien sabe que llega el ocaso de una andadura tan tejida de versos, de besos, de silencios y de lágrimas.

Sí, atrás quedaba una entera vida, tantos recodos del camino en los que Jesús pasó haciendo el bien. Sus encuentros con la gente, su peculiar modo de abrazar el problema humano, unas veces brindando sus gozos como en Caná, otras llorando sus sufrimientos como en Betania; en ocasiones curando todo tipo de dolencias, o iluminando todo tipo de oscuri­dad o saciando todo tipo de hambres, y en otras airado contra los comerciantes en el templo y contra los fariseos del mercado de la fe. Jesús que bendice, que enseña, que reza, que cura, que libera, que denuncia y señala. Ahora es el momento último y final de este drama humano y divino.

En aquel soliloquio ante el padre y los hermanos, desplegará Jesús lo que será el corazón de su mensaje eterno: el amor que nos tuvo siempre y que aquella noche se hacía extremo. Un amor fraterno hacia los discípulos que nacía y se urgía desde su amor filial al Padre, pidiendo para ellos la unidad de una comunión que los hiciera hermanos de veras, un amor que llegaba a lavarles los pies sin importar la procedencia y fuesen cuales fueran las andanzas que los dejaron sucios y cansados. Y dentro del tono de despedida que tenían aquellas palabras de Jesús en los postres, les hizo un regalo inmenso: tomó el pan y lo partió, vertió vino en la copa y lo elevó, para decirles que se quedaba para siempre con ellos quien así se despedía, que se quedaba como un pan tierno de hogaza, como un vino generoso de alegría, discreto como un sagrario que reclama el incienso adorante de nuestra mejor alabanza. Era su cuerpo y su sangre, que les confió repetir en memoria suya todos los días de la vida.

Pero hizo más: les llamó amigos como nadie pudo declararles, les hizo confidentes de sus secretos más íntimos al darles el Padrenuestro y las Bienaventuranzas, les entregó la patena del pan y el cáliz del vino, para que hicieran ellos lo mismo que le vieron hacer a Él teniendo sus ojos clavados en aquel gesto de darse como sacramento. O como cuando les confió el ministerio del perdón reconciliando los pecados en su nombre, para que sea la misericordia la última palabra tras todas nuestras torpes penúltimas palabras. Y les confirió su propio ministerio sacerdotal, haciéndoles pastores junto a Él, el Buen Pastor.

Los sacerdotes no predicamos nuestras ideas obstinadas sino la palabra que Dios susurra en nuestros labios, no repartimos nuestras prebendas y estrategias, sino la gracia que Dios distribuye con nuestras pequeñas manos. Hoy es un día para dar gracias por nuestros sacerdotes, teniendo un pensamiento especial por aquellos que estando enfermos experimentan la fragilidad en sus cuerpos y sus almas, los que atraviesan un mal momento con la tentación de abandonar la fidelidad prometida en el día de su ordenación, los que cansados viven el vértigo de la falta de frutos en su entrega cotidiana, o aquellos que en sus primeros pasos no logran vislumbrar todavía que no se les llama a la eficacia según el mundo sino a la fecundidad de quienes hablan y actúan como instrumentos de la paternidad de Dios. Y rezamos agradecidos por tantos curas serenos, centrados, que no han perdido la lozanía de su primer sí, y siguen escribiendo cada día con su entrega gozosa y alegre, una historia inacabada.

El amor fraterno que nace del amor filial, la presencia de la Eucaristía como memorial, el sacerdocio cristiano que aprende los gestos del Buen Pastor. ¡Qué hermoso legado nos deja siempre este primer día del triduo de la pascua para entender lo mucho que nos quiere nuestro Señor! Sacerdocio, Eucaristía y Amor fraterno. Venid, adoremos. Es Jueves Santo. Ojalá nos descubramos cada uno con nuestra vocación sentados en aquella mesa de la Cena del Señor. Que Él os guarde y siempre os bendiga.

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
S.I.C.B.M. El Salvador
Oviedo, 2 abril de 2026