Homilía en el funeral de D. José Luis Alonso Tuñón

Publicado el 24/06/2026
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Queridos hermanos, sacerdotes y diáconos, familiares de don José Luis, religiosas, feligreses, agradezco la presencia de la corporación municipal. Y ruego transmitan al señor alcalde mi gratitud por sus condolencias tan cariñosas.
Hermanos todos en el señor, paz y bien.

Desde aquel 1942 en Proaza hasta el año 2026 en Oviedo, ha sucedido una biografía. Es la biografía cuya esquela hoy no nos resulta anónima: su edad, sus apellidos, la apretada síntesis de sus pasos y la mención de la gente que por él se duele y por él reza, nos resultan datos muy cercanos.

Sabemos que desde que nacemos tenemos edad para morir, incluso desde que somos engendrados. Y, sin embargo, cuando la muerte acontece, siempre la consideramos una intrusa que prematuramente nos arrebata a alguien que queríamos de veras. De modo inevitable tenemos esta mañana con la parroquia de San Isidoro el Real, llena de gente para pronunciar el adiós a un queridísimo hermano; no tenemos cita previa y don José Luis tampoco la ha tenido cuando anteanoche, al hilo de la madrugada, fue llamado por el Señor.

Pasaron horas sin que pudiéramos remediar esa última soledad en la que él murió, para descubrir que efectivamente nuestro amigo, nuestro párroco, nuestro compañero, nuestro familiar, había sido llamado. Sus medicinas quedarán en el frasco sin terminar la última prospección médica. Su ropa quedará colgada en el armario. El libro que estaba leyendo no avanzará en sus páginas, y aquello que podría llenar su corazón con sus preocupaciones o esperanzas se han detenido para siempre. Es lo que nos implica y nos impone la muerte hermana cada vez que llama a nuestra puerta en la fecha que solamente Dios conoce. Fue ordenado sacerdote en el lejano 1965. Cuando la Iglesia clausuraba el Concilio Vaticano II, don José Luis daba sus primeros pasos como sacerdote cristiano.

La Pola de Siero fue su primer destino, en donde le recuerdan con afecto e inmensa gratitud, pero donde más tiempo estuvo fue precisamente aquí, en esta parroquia de San Isidoro el Real de Oviedo, llegando a ser Vicario episcopal de Centro en nuestra diócesis ovetense. Los que hemos tratado a don José Luis, todos tenemos ese común denominador, en el perfil que de él podemos dibujar, persona amable y cordial que sabía escuchar, persona elegante y educada que tenía siempre un verbo fácil y una voz preciosa para acompañar lo que un cura siempre acompaña: las lágrimas o las sonrisas, las preguntas de la vida y las respuestas que Dios desliza, el paso de los años y todas sus circunstancias vividas desde el evangelio, con paz y santa alegría. Todo cuanto llenaba el corazón de la gente que la Iglesia pone en sus manos. Y esta es la experiencia viva que tanto yo personalmente, como cualquiera de nosotros, podemos deducir del conocimiento y trato de este querido hermano sacerdote.

Hoy la Iglesia celebra una fiesta solemne, el nacimiento de San Juan Bautista. En la fiesta del nacimiento del precursor, nosotros despedimos en este adiós para siempre a don José Luis. Tampoco el Bautista sabía al nacer lo que le esperaba, pero sí que tuvo conciencia de que no era la palabra, sino la voz que la gritaba.

Como todo sacerdote, como nuestro querido José Luis, su voz vehiculó una palabra más grande, la del Señor en sus labios, y sus manos paternales supieron repartir generosamente la gracia que Dios allí había colocado, de tal modo que, como siempre digo, al fallecer un sacerdote, él se lleva en su corazón todos nuestros nombres, las circunstancias de las que él tuvo conocimiento, los anhelos, los pesares, todo aquello que nos arrugaba o lo que nos llenaba de esperanza.

Es la maleta del último viaje de un cura bueno que cuando llegue a donde creemos que llega, abriendo su bagaje ligero contará al Señor para siempre tantas cosas. No es fácil esta despedida, y por más que la hayamos escenificado y hayamos sido testigos de otros adioses semejantes, cuando nos llega el de un nuevo adiós de alguien vinculado por los lazos de la sangre, por los lazos del afecto y amistad, por los lazos del compañerismo vocacionado, los que somos sacerdotes o diáconos: a todos se nos rompe el alma.

No hay libro de reclamaciones para poder exigir una explicación o la devolución de lo que hemos perdido, pero eso no evita que se nos arrugue el corazón con la pena que nos embarga. Y por eso las lágrimas es el lenguaje cuando este dolor te rodea y te abruma, no unas lágrimas ácidas, no unas lágrimas desesperadas, pero sí unas lágrimas que así entonan humildemente su elegía póstuma y esperanzada.

¿Qué hacemos en un funeral los cristianos que hasta nos atrevemos a decir que celebramos? Sí, estamos celebrando un funeral, así de contradictorio y de provocativo, porque celebramos no tanto el fracaso de una biografía, sino el triunfo de una eternidad. No estamos aquí para dolernos y arroparnos, como buenamente sabemos y podemos, por algo que no tiene salida, sino precisamente por la salida que entraña por el triunfo de la pascua de Cristo que en Don José Luis se hace realidad y que se inaugura tras nuestro adiós en esta tierra. Y es lo que pedimos al buen Dios por nuestro querido don José Luis: que lo que él aquí sembró siga fructificando, que lo que él aquí sostuvo y abrazó no experimente el desasosiego ni la soledad, que lo que él puso como verdad, como bondad y como belleza siga su curso, bendiciéndonos a cada cual de parte del Señor Dios.

Pedimos para Él el eterno descanso, porque humanamente hablando, tanto José Luis como cualquiera de nosotros podemos tener malos momentos, momentos oscuros, momentos confusos, momentos de pecado. Pero no determina nuestra biografía, ni especialmente determina el eterno desenlace que para él deseamos.

Abrazado a Jesús, el Buen Pastor que le hizo sacerdote, podrá para siempre, eternamente, gozar de su amistad. Se lleva nuestros nombres y aquí nos quedamos con lo que entre manos tenemos, esto que hemos interrumpido unos y otros para acudir a la parroquia en esta mañana. Aquí quedan nuestras cuitas, aquí están nuestros sudores, aquí están para unos los sinsabores de las corrupciones varias en la mala política, los entusiasmos deportivos en la champions del fútbol, la agenda que nos dice cuáles son las próximas citas o viajes que nos hemos propuesto emprender. Las cosas pendientes que piden una resolución y las sorpresas de la vida que cada día se nos regalan.

Es lo que tenemos entre manos, lo que tenemos en la mente, lo que palpita en nuestra entraña. Todo eso para él ha concluido y da comienzo serenamente una vida que no termina. Por eso, con el afecto lleno de agradecimiento, le encomendamos al Señor, le presentamos ante la Virgen Santísima, a la que tan tiernamente amó ya desde su época de Escolano en Covadonga, y pedimos que él y sus santos, San Isidoro, San Juan Pablo II (recuerdo cuando me invitó aquella tarde a entronizar una 2 reliquia del Papa Santo en la parroquia) vengan en su ayuda. Son todos esos amigos que él ha tenido en el cielo, todos los amigos que ha gozado aquí en la tierra como nosotros con él, nos confabulamos santamente para decir a Dios con gratitud y para elevar la plegaria pidiendo por su eterna salvación tras el encuentro con el Señor que le ha llamado.

Siempre que despedimos a alguien particularmente querido y a nosotros vinculado, queremos no olvidar sus palabras, esas que fueron sabias. Queremos no traicionar sus ejemplos, esos que nos edificaron, y queremos elevar al cielo, al buen Dios, nuestras plegarias: recuerdo de palabras, vivencia de sus ejemplos y nuestra oración sencilla por su eterno descanso. Que el buen Dios le acoja, que María con su manto le arrope y le proteja, y que, cuando Dios lo prevea, nos juntemos para siempre, con él también, en el cielo. Descanse en paz ese buen hermano, este querido amigo, este bondadoso y entregado sacerdote. Amén.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Parroquia San Isidoro el Real (Oviedo)
24 junio de 2026