Seguimos haciendo nuestro camino a través del año cristiano. En el domingo, día del Señor, la Iglesia abre sus puertas para acogernos y proclamarnos la palabra de Dios, invitarnos a darnos la paz y, debidamente preparados, acercarnos a comulgar la santa Eucaristía. La mirada se llena de embrujo ante el color de los bosques y altozanos con sus ocres y amarillos, que adoptan el color de un sayal franciscano, metiéndonos de bruces en esta época de magia dulce y serena de un otoño casi apenas estrenado. Una maravilla de belleza que especialmente aquí en Asturias nos reclama y convoca a la alabanza de nuestro Dios Creador, mientras poco a poco vamos concluyendo nuestro año cristiano.
En el Evangelio de este domingo Jesús utilizará una imagen muy querida y muy conocida por la tradición profética, para afrontar la situación de honda decadencia de los dirigentes judíos. Se trata del tema del banquete universal que viene descrito como una eclosión festiva de todo tipo de gracia y bendición por parte de Dios: “El Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y el oprobio de su pueblo lo alejará de todo el país. Aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y gocemos con su salvación. La mano del Señor se posará sobre este monte” (Is 25, 7-10).
Efectivamente, Dios quiere sentar a su mesa a todos los pueblos, tras el intento fallido de haber invitado al pueblo que Él escogió, liberó y condujo a una tierra de promesa, y que después de tanta entrega y regalo, sólo quedaba un pequeño resto en Israel que siguiera esperando la venida del Mesías que se les prometió. Para esta nueva entrega de una esperanza cierta, una boda será la metáfora, y toma de la vida cotidiana el ejemplo que era fácil de entender y reconocerse ahí cómoda o incómodamente dentro. Tantas veces el atuendo para una boda o para una fiesta, complica enormemente la vida de los novios o de los que participan en el festivo evento.
En este sentido el evangelio habla de la vestidura del corazón. La parábola que hemos escuchado podríamos verla como una narración infantil de «buenos y malos», como si Jesús provocase a aquellos saduceos o a los fariseos, y les amenazase con quitarles lo que se les dio y tan torpemente administraron, razón por la cual vendrían ahora otros que tratarían de gestionar lo que ellos dilapidaron. Pero no es así de fatalista ni de maniquea la historia; porque también entre los judíos hubo quien entendió, y quien vivió fielmente la espera del Mesías, gente buena y atenta a las señales de Dios a través de tantos mensajeros que al llegar al que esperaban, lo reconocieron. Pero hemos de decir igualmente, que también entre los cristianos ha habido gente que no ha entendido nada y ha puesto a la Iglesia en la misma situación de torpe decadencia, similar a la de los judíos que hicieron de Israel una casa de maldición. Es justo reconocer los claroscuros de la historia, porque sólo así pide con verdad perdón y convertir el corazón y la mirada.
Pero no sería justo utilizar este texto evangélico de hoy para descargar contra la Iglesia todas las amenazas, reproches y malaventuranzas imaginables, como si ella 2000 años después de su nacimiento hubiera caído en el mismo abismo de incoherencia e hipocresía en la que cayeron antes los fariseos o los saduceos. Es un latiguillo muy sospechoso –y a veces muy frecuente– el que algunos cristianos usan ácidamente y con demasiada acritud hacia la Iglesia. Lo cual no significa, lógicamente, que la Iglesia esté limpia de culpa incoherente, pues como los Santos Padres decían, es al tiempo santa y pecadora.
La segunda lectura nos acerca ese canto de libertad con el que San Pablo hablaba de la vida en Cristo que él llevaba adelante desde que se encontró con el Señor resucitado en el camino de Damasco. Una libertad que nos debe permitir no sólo acoger ese Reino de Dios del que habla la parábola del evangelio de este domingo, sino agradecer la posibilidad que introduce en la vida: «Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Filp 4, 12-14).
Volviendo a la parábola, lo que manifiesta la voluntad del padre protagonista no es que invita a nuevos comensales contra los ingratos que rechazaron su primea invitación, es decir, no se trata de sentar a cualquiera y de cualquier manera en el banquete para incomodar a los anteriores. Porque lo que se pretende no es provocar a los primeros invitados, sino agradar y festejar al hijo en su boda. Por eso, porque el hijo es el criterio y la medida para sentar o no a nuevos invitados, hay que examinar nuestros trajes, es decir, nuestra vida. Porque podemos ir mal vestidos independientemente de que seamos de derecha o de izquierda, conservadores o progresistas, chapados a la antigua o sin chapa que datar. No es el «modelo» el que aquí es determinante, sino si con ese modo de «vestir», es decir, con ese modo de vivir, estamos a la altura de la fiesta del Hijo de Dios, de sus Bodas con la humanidad. Porque esa vestimenta nueva es el velo del oprobio que Dios arrancará en el monte de su pueblo, como dice Isaías en la primera lectura, las lágrimas que enjugará de todos los rostros (Is 25, 9-10).
Y quien nos da la clave en esto es san Pablo en otra de sus cartas: «revestíos, como elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os ha perdonado, perdonaos también vosotros… y sed agradecidos» (Col 3,12-15). Este es el traje de fiesta propio del cristiano. El que nos identifica ante los demás desde un modo diferente y alternativo para entender la vida y sus relaciones. Los que andan ocupados en otras cuestiones secundarias y en otros telares, jamás entenderán esta vestimenta evangélica sin la cual no se puede uno sentar en la Boda del Hijo de Dios. En ello nos jugamos poder anunciar con sabor de Buena Nueva la esperanza de una verdadera fiesta que de mil modos espera nuestra generación.
En este octubre otoñal, tan plagado de santos que nos invitan a entrar debidamente ataviados al banquete de las bodas entre Dios y sus hijos, nos encomendamos a todos ellos, y especialmente a María con su advocación del rosario, mientras pasamos las cuentas de gozo, dolor, luz y de gloria como quien aprende a rezar la vida por la cuenta que nos tiene, como quien desgrana un rosario cada día.
El Señor os bendiga y que María siempre os acompañe. Amén.
+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo