Homilía apertura de curso académico Centros teológicos de Oviedo 2026

Publicado el 24/09/2026
[ssba]

Querido hermano en el episcopado D. Arturo, Obispo de Santander. Sres. Rectores y alumnos del Seminario Metropolitano de Oviedo, del Seminario diocesano misionero Redemptoris Mater de Oviedo, del Seminario Monte Corbán de Santander, del Seminario de la Asociación Pública de Fieles Lumen Dei. También nos acompañan los seminaristas de la Diócesis de Jinotega (Nicaragua). Sres. Directores del Centro Superior de Estudios Teológicos, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Melchor de Quirós, del Instituto de Teología y Pastoral San Juan Pablo II. Sr. Decano de la Facultad Padre Ossó. Profesores, alumnos, personal no docente. Amigos y hermanos: deseo vivamente que Dios llene vuestro corazón con su Bien y os acompañe por los caminos de la Paz.

En estos días van y vienen los niños y jóvenes con el cabás de sus mochilas y carteras, cargando los libros de las nuevas materias que les aguardan en el trasiego de un nuevo curso académico. Yo recuerdo este rito inicial en mis años de colegio al llegar estas fechas. También nosotros en nuestros tres centros de formación teológica y pastoral damos comienzo a una nueva andadura que nos disponemos a estrenar oficialmente esta mañana con la celebración de la Eucaristía, la lección inaugural y la memoria del año transcurrido meses atrás.

Pero no es un simple punto de partida que viene de la nada (ex nihilo), sino que estamos zambullidos en una herencia que nos compromete con el bagaje de todo lo aprendido por doquier en las aulas y en los demás ámbitos de nuestra formación cristiana y vocacionada. Por este motivo somos conscientes de que lo que tenemos entre manos nos supera sin que nos llegue a hundir. Nos supera porque hay un sinfín de claves que mueven los hilos misteriosos con los que Dios teje nuestra historia, y al mismo tiempo sabemos que no nos hunde porque su Providencia todo lo ordena para nuestro bien en aquellos que sinceramente amamos a Dios.

Ayer celebramos una memoria litúrgica de alguien que no fue teólogo, pero sí fue un santo que nos testimonia la sabiduría. Se trata de San Pío de Pieltrecina. Pude leer una anécdota suya que me estremeció sobremanera. Es una de las historias más conmovedoras que se cuentan sobre el Padre Pío y tiene que ver con una mujer que acudió a él sumida en un profundo dolor. Su hijo había fallecido y ella no lograba entender por qué Dios lo había permitido. El Padre Pío no intentó darle una explicación simplista. En cambio, le mostró el reverso de un bordado, donde los hilos estaban enredados, anudados y aparentemente sin orden alguno. Luego le dio la vuelta. Por el otro lado había un diseño precioso, cuidadosamente tejido. Nuestras vidas, sugirió, suelen ser así. Tantas veces sólo vemos el reverso: los hilos sueltos, los nudos, las cosas que parecen carecer de sentido. Pero Dios ve la obra terminada con su bella armonía. La fe no significa que entendamos cada hilo; significa confiar en que, aunque aún no podamos ver el patrón, puede haber una belleza conocida por Dios que permanece oculta para nosotros y es lo que da sentido a cada instante, a cada momento vivido.

Efectivamente, no siempre nuestra mirada logra vislumbrar esta sabia filigrana, y precisamente nos avezamos en estudios de filosofía que buscan y escrutan la verdad, en estudios de teología que sabe aprender arrodillada como decía el maestro Von Balthasar, en horizontes pastorales que desde nuestras respectivas vocaciones vamos edificando en el aquí y ahora la santa Iglesia. Pero por no siempre logramos asomarnos a esta sabiduría profunda de la que han gozado nuestros amigos los santos, por este motivo nos ponemos humildemente en el trance de aprender en la escuela del Espíritu Santo, cuya misa votiva estamos celebrando.

Aquella mañana no fue un día de clase cualquiera, sino que andaban apurados los discípulos en el susto miedoso que los embargaba. Tuvieron la promesa que les hizo el Maestro, pero pesaba demasiado en su fresco recuerdo lo que le había sucedido al Señor desde el temor fundado de que también a ellos les pudiera suceder algo parejo. Y estaban encerrados a cal y canto, temerosos, fugitivos, asustados. Pero aquella mañana María les convocó en otra sede, no en el rincón de los escondrijos de sus pasmos sino en el Cenáculo donde fueron despedidos semanas antes por Cristo. Allí la Madre les enseñó a orar y a esperar. Orar como quien intuye que solos no lo saben todo especialmente cuando te condiciona el miedo. Esperar como quien acepta que hay una palabra final que únicamente se reserva el cielo y es la que Dios pronuncia a tiempo y a destiempo.

Y en esto andaban entre rezos y esperas, junto a María, aguardando el cumplimiento de la promesa cierta de Jesús. Una promesa que se hizo viento huracanado y apareció como llamas de fuego. Y lo que antes era temor y cautela, susto y encerramiento, de pronto se convertirá en audacia que hizo saltar los pernos y cerrojos para que allí entrase el arrojo que empuja a la plaza con el viento que ventiló sus afueras y con llamas que encendió sus adentros. Este fue el milagro de quienes recibieron el don de la sabiduría, del consejo, de la fortaleza, de la piedad, y del santo temor de Dios. ¡Qué lección de teología, cuánta filosofía dentro, qué pastoral aplicada tan fecunda sin extraños métodos!

Le estamos pidiendo a María que nos acoja en su escuela de plegaria y de espera, nosotros que necesitamos también la luz que aclare el pensamiento que busca la verdad, el viento que lleve lejos las zozobras y el fuego que ponga calidez en los fríos desconciertos. Así estrenaremos las nuevas materias, saludaremos a los nuevos profesores y compañeros, y con un corazón agradecido nos adentraremos en los nuevos vericuetos.

El papa León XIV dirigió unas palabras a la Facultad de teología de La Pullia hace unos meses. Les propuso una clave agustiniana de hacer teología: hacerla en comunión. Vale la pena escuchar este método de estudio donde se compaginan la oración de quien se arrodilla ante el misterio, la diligente atención de nuestra inteligencia, el afecto por los hermanos y la misión que nos confía en este tiempo. Dice así el papa: «He aquí, pues, la invitación: ¡hacer teología juntos! Una formación que sirva al anuncio del Evangelio solo es posible juntos, navegando “en mar abierto”, pero no como navegantes solitarios. Y hacerlo dejando su puerto seguro, yendo más allá de sus fronteras territoriales y eclesiales, en el encuentro y el debate, en la escucha recíproca y en el diálogo, en esa comunión entre las Iglesias que conecta los recursos, las competencias y los carismas. Haciendo teología juntos, los horizontes intelectuales, espirituales y pastorales se amplían y se mezclan, generando perspectivas comunes y un compromiso eclesial más encarnado en el territorio, ofreciéndoles la posibilidad de renovar los estilos y los lenguajes de la fe en el contexto real en el que se encuentran… Haciendo teología juntos, seréis más capaces de acoger las preguntas y los retos del contexto social y cultural» (2 marzo 2026).

Hermosa propuesta que se nos hace, con las preguntas que nos anidan y las respuestas que se nos revelan. Si san Anselmo de Canterbury acuñó aquella definición de la teología como una “fides quaerens intellectum” (una fe que busca entender), comprendemos que prepararse en las ciencias sagradas en nuestros tres centros de estudios, nos anima y empuja a esa labor que la breve instrucción de Doctrina de la Fe señaló en el año de la fe citando al final una expresión del papa Benedicto xvi: hacer teología es «escrutar el misterio revelado con todos los recursos de la razón iluminada por la fe, en beneficio de todos los creyentes, favoreciendo también su recepción en las culturas actuales, porque “los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado” (Benedicto XVI, Porta fidei, 4)».

Esta es la gracia que pedimos al comenzar un nuevo curso deseando que profesores y alumnos se asomen a la gracia que supone estudiar la filosofía y la teología para dar razón de nuestra esperanza en la vocación recibida. El Señor os bendiga y os guarde, y os proteja maternalmente nuestra Santina. Amén.

 

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Seminario Metropolitano de Oviedo
24 septiembre de 2026