«Tal vez la vida se deja caer en un vacío que acaba destruyéndonos cuando con una resignación malsana suelta los brazos porque todo le da lo mismo –comienza diciendo–. Acaso ha entrado en un bucle de repetitiva inercia en donde se deja convencer que todo es igual, que no hay nada nuevo bajo el sol como decía el sabio para sumirse en la vanidad de las vanidades cada vez más viejo en todos los sentidos. Y, sin embargo, cuando sin prejuicio nos atrevemos a escuchar de veras el corazón, debemos constatar que el hombre no sabe dejar de esperar, no puede censurar ese grito que pone nombre a nuestra espera.
La vida entera reclama un cumplimiento que nuestras manos son incapaces de amasar. Esperamos que suceda algo, que acontezca alguien, que ponga plenitud en el corazón que fue creado para un infinito que no sabemos ni colmar ni calmar. La historia de este tiempo litúrgico habla de los tres advientos: mirando al Señor que ya vino una vez (hace 2000 años), nos preparamos a recibirle en su última venida (al final de los tiempos), acogiendo al que incesantemente llega a nuestro corazón (en el hoy de cada día). ¡Ven, Señor!»