Yendo a los confines del mundo

Publicado el 08/03/2026
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No acabo de habituarme a la dulce provocación de los niños, cuando responden a un sencillo saludo como si te conocieran de toda la vida. Simplemente corresponden con su sonrisa inocente, sus ojos curiosos y el movimiento de sus manitas. Lo he vuelto a comprobar en el periplo misionero que estoy realizando en las tierras de México intentando encontrar un posible lugar donde situarnos como diócesis de Oviedo para anunciar el evangelio a quienes, lo sepan o no, están esperando la llegada de esa Buena Noticia que, sin embargo, no les resulta ni ajena ni extraña.

Han pasado años, siglos, desde que los primeros misioneros franciscanos llegaron a esas tierras tan allende de su Finisterre patrio. Llegaron con ligero equipaje, como corresponde a los hijos de San Francisco, para anunciar la alegría de haber encontrado ellos a Jesús, y compartir con los hombres y mujeres que fueron apareciendo ante sus ojos el gozo de su vida cristiana sencilla y pobre, pero muy llena de caridad, de fe y de esperanza. Id al mundo entero y anunciad del evangelio, dijo Jesús. Ellos lo hicieron.

Lo primero que se te remueve son tus propias seguridades, que de pronto aparecen fatuas y prescindibles con una purificación que las hace esenciales, sin engolamiento, sin dependencias. ¡Cuántas cosas que parecen fundamentales y sin las cuales no parece fácil llevar adelante la vida, en la misión pierden su impostura y te permiten estrenar una liberadora libertad! Las comodidades habituales, los recursos técnicos y electrónicos, lo que constituye tu ambiente, tus relaciones, tus horizontes… se relativizan suavemente, invitándote a aligerar la mochila de la seguridad que tiene tu medida, para entregarte a la confianza de la providencia de Dios que siempre desborda para bien nuestra expectativa.

No sólo lo ves al llegar a lugares donde no hay teléfono, ni luz, ni agua potable, ni wifi e internet, así como tampoco lo que te rodea cotidianamente en tu agenda habitual, con la gente que te codea, en las cosas en sueles llevar entre manos. Sino que lo ves especialmente por ese impacto humano con personas enormemente sencillas que sin pretenderlo te dan lecciones de vida.

Pero, además, estas personas son profundamente religiosas que expresan a su manera la fe a través de símbolos y plegarias transmitidas de padres a hijos durante siglos de vivencia cristiana en soledad, sin la ayuda de sacerdotes o frailes que no volvieron a mantener la llama de la fe que ellos mismos habían prendido tantos años antes. Pero lo sembrado fue bueno y lo hicieron bien, hasta el punto de poder dejar esa semilla bien metida en surco de sus corazones. Una vida que nace, madura y crece, que se enamora, enferma y sufre, y que finalmente fenece. No hay escenario humano triste o gozoso, excepcional u ordinario, donde esa fe arraigada en el corazón de estos cristianos, no deje de mirar al evangelio y a la tradición cristiana como esos referentes en los que apoyarse para vivir cristianamente todas las cosas.

No significa que todo sea perfecto, o que tengan estas gentes una formación religiosa apurada. Sin duda, que el transcurrir de los años y los siglos viviendo la fe a la intemperie sin la ayuda de los pastores y de los maestros que acompañan nuestros pasos y tropiezos, tiene como consecuencia que hay mezcolanzas, sincretismos, y una ignorancia por la falta de una catequesis seria y continuada. Pero la bondad de sus corazones y los ojos puros en su mirada hace que te conmueva ese testimonio, como el saludo de los más pequeños cuando se cruzan en tu camino sin pedir a cambio nada más que tu afecto y tu bendición. ¡Qué hermosa lección en ese intercambio de fe y esperanza! Quiera Dios que se puedan abrir los cauces para acompañar misioneramente a estas buenas gentes, sabiéndonos nosotros acompañados por quien nos envía: el Señor.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo