Sorpresa de otoño

Publicado el 30/11/2025
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No consigo acostumbrarme. Sucede cada año en estos lares de Asturias: que una mañana de otoño se llena completamente la bella catedral de Oviedo porque un grupo nada menos que más de trescientos setenta jóvenes maduros junto a una pequeña porción de adultos de diversa edad, deciden dar inicio al catecumenado de adultos. Son personas que por diferentes motivos no se bautizaron en su día, que normalmente es al poco de nacer. O que sólo fueron bautizados sin que luego se haya dado propiamente una vida cristiana. Acaso llegaron a hacer la primera Comunión, que en tantos casos fue también la última.

Especialmente a los que se bautizan siempre les pregunto: ¿por qué queréis haceros cristianos? Las respuestas son diversas y variopintas. Me dicen: cuando la vida zarandea y no tienes un clavo al que agarrarte o un alero en el que cobijarte, sientes que algo te falta y que sí tienen los cristianos. Entonces te preguntas si es verdad la sabiduría del Evangelio, o si realmente Cristo es capaz de abrazarte con su gracia y sostener tu esperanza, o si la comunidad cristiana es otra cosa a la caricatura con la que algunos nos presentan a la Iglesia. En ello hay algo que se parece a cuanto sucedía en los primeros siglos del cristianismo. Que aquellos pocos cristianos, sin especiales credenciales económicas, poderíos militares, ni tampoco una cultura todavía acendrada, consiguieron ser la alternativa de aquel imperio decadente. Hay un trasunto en nuestros días, cuando se habla de la revuelta católica, del acercamiento a la Iglesia cuando todo parecía perdido en el olvido o en el desprecio.

En medio de tanta falsedad de trampatojo como truco que nos hace ver lo que no existe propiamente, y de tanta corrupción maquillada que cada día pretende saturarnos con sus dislates hasta dejarnos hartos de sus maquinaciones, la Iglesia que es perseguida por los infames, resulta que aparece como digna de ser atendida y tomada en consideración, por cuanto representa y proclama, más allá de las maquinaciones sincronizadas de quienes pretenden arrebatarnos la autoridad moral que ellos pisotean a mansalva cada día.

No nos engaña nuestro corazón cuando sueña un mundo diferente al que cotidianamente nos asomamos: cuando las cosas se tuercen en los recovecos de la mentira, o cuando nuestros senderos se hacen altivos por la soberbia, acabamos por pensar que las cosas son así provocando una resignación que llena de tristeza nuestros días. Pero todo lo caótico cederá para dar paso a una ciudad buena y bella según el proyecto de Dios. No ha llegado a su plenitud deseada, pero hay signos suficientes como para creer sin ingenuidad que lo nuevo ya ha comenzado. Esa tierra nueva es Jesucristo y su reino. Y esto es lo que volvemos a reconocer al llegar la oportunidad de gracia de un nuevo adviento: que nuestros entuertos se pueden enderezar y las altiveces aprenderían a entrar en humildad, para acoger al que todas las fibras de nuestro ser no saben dejar de esperar. Cielo y tierra nuevos que han comenzado ya en nuestra pequeña biografía, en el suelo que pisan nuestros pies y en el mundo que logran abrazar nuestros brazos.

Tal vez la vida se deja caer en un vacío que acaba destruyéndonos cuando con una resignación malsana suelta los brazos porque todo le da lo mismo. Acaso ha entrado en un bucle de repetitiva inercia en donde se deja convencer que todo es igual, que no hay nada nuevo bajo el sol como decía el sabio para sumirse en la vanidad de las vanidades cada vez más viejo en todos los sentidos. Y, sin embargo, cuando sin prejuicio nos atrevemos a escuchar de veras el corazón, debemos constatar que el hombre no sabe dejar de esperar, no puede censurar ese grito que pone nombre a nuestra espera. Esto es lo que nos sorprende a diario, en este rincón del otoño, cuando empezamos un nuevo adviento con esta hermosa sorpresa de un numeroso grupo de jóvenes que quieren ser de veras cristianos

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo