En las afueras del ruido

Publicado el 18/01/2026
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Han sido días de gran sosiego y una paz inusitada. En tantos sitios de España se han aprovechado estos primeros días tras las fiestas navideñas para que sacerdotes y obispos nos retiremos casi una semana para orar en silencio. Decía Josef Pieper citando un texto de Clives Staples Lewis que el silencio y la música no existen en el infierno. No en vano ese maldito lugar es el espacio donde reina el “ruido infernal” de cualquier pandemonio que se precie. Yo me he encontrado con más de treinta obispos en las inmediaciones de Segovia, en un paraje realmente bello y cargado de historia llamado Molinoviejo.

Nos presidía la majestuosa montaña emblemática de la sierra de Guadarrama que se llama “La mujer muerta”, porque las cresterías de sus tres cimas dan la silueta de una mujer en deceso con sus atributos femeninos sugeridos cuando se la otea en la distancia. La cabeza, el busto, el abdomen y los pies… todo ello en esa imagen yacente que te invita a ascender y coronar sus tres picos de la cordal: La Pinareja, la Peña del Oso y el Pico Pasapán. Sus 2200 metros de altitud vistos desde el valle de Río Moros que nos albergaba, me trajo a la memoria los años de la mocedad cuando como montañero adolescente fui subiendo todas esas inolvidables cumbres del Sistema Central entre Somosierra y Guadarrama, en mi Madrid natal.

No ha sido un paréntesis caprichoso el que obispos y sacerdotes nos hayamos retirado como quien se escapa del fragor no siempre sereno ni amable, sino una necesidad que devuelve el sentido a tantas cosas en tu corazón y tu cabeza que a menudo son secuestradas, alteradas y de algún modo alienadas cuando las dominan la prisa alocada, el ruido que te ensordece y las mil zarandajas de las buferas esas como denominaba Dante a las fuertes borrascas. Sí, prisas, ruidos y borrascas que impiden tener una mirada serena, un juicio ponderado y un refugio que te proteja de los vaivenes malhadados, a fin de no perder el sentido calmo en medio de los insensatos que vociferan.

Hemos dedicado tiempo a la lectura de la Biblia, con unas introducciones deliciosas que nos permitían entender los hablares de Dios a través del método de San Ignacio de Loyola en sus célebres ejercicios espirituales. Textos conocidos, mil veces escuchados y también predicados, pero que en el albor de nuestra edad y con tanta experiencia acumulada, te los presentaba Dios con un sabor de estreno que parecía escuchárselos por primera vez.

Días de paz en donde las tormentas políticas, los desafíos sociales, los retos de violencias y guerras del orbe entero, los asuntos internos eclesiales, y un largo etc., no quedaban al margen, aunque no les dábamos la preponderancia cotidiana al ayunar del frenesí de noticias que a diario nos jalean. Todo eso formaba parte de nuestras plegarias cada día, pero no de nuestra curiosidad. No se trataba de la fuga irresponsable de quien pone tierra por medio para quitarse de en medio inhibiéndose con egoísta comodidad, sino de un tomar respiro para poder afrontar con más fuerza, otra sabiduría y otra mirada los horizontes diarios que nos provocan con sus cuestiones para dar una respuesta desde nuestra clave cristiana, cultural y social.

Decía el gran autor inglés T.S. Eliot aquello de que “hicimos la experiencia, pero olvidamos su significado”. Y este mundo nuestro se identifica cada vez más en esa imagen con la que José María Cabodevilla definía al hombre moderno: un pato apresurado que va “zanquicorto” entre tropiezo y resbalón, dibujando el mapa que sus pies cada día descubren y conquistan, entre el sobresalto y la emoción. Por eso, para no olvidar el significado de nuestra trayectoria ni la meta de nuestro destino, qué bien vienen unos días de silencio y escucha ante Dios y tu conciencia poniendo en juego tu saber acumulado, tu libertad indómita y tu bondad sostenida, para seguir escribiendo una historia inacabada.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo