Cuando Dios cuenta contigo

Publicado el 08/11/2026
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Puede parecer un viejo eslogan deportivo, pero se trata de otra cosa. Recuerdo en mi más tierna mocedad una célebre campaña publicitaria en aquel lejano 1968, promovido por Juan Antonio Samaranch, invitando a los españoles a hacer deporte. Era tal vez un incentivo saludable para subir el tono vital hispano, acaso pensando en nuestras comparecencias olímpicas internacionales, pero también para asegurar la vida sana y la salud estable. El eslogan que hizo fortuna era así: “contamos contigo”. Su objetivo era cultivar la afición por el deporte en cualquiera de sus formas. Y se consiguió, gracias a una intensa y sugerente insistencia en publicidad televisiva.

¿Quién contaba con quién? Estábamos en nuestro país en los últimos coletazos del régimen del General Franco, mientras en Europa se debatían las crisis diversas con la revolución del ’68 en París, que luego se iría expandiendo por todo el mundo Occidental. La Iglesia misma, atravesaba su lenta y, al mismo tiempo, alterada aplicación de lo que supuso el Concilio Vaticano ii. En medio de esa coyuntura de una encrucijada compleja en tantos sentidos, apareció la inocente y refrescante campaña: contaban con nosotros.

Es lo que desde siempre ha hecho Dios con sus hijos. No es el dios autómata y extraterrestre que con su mando en mano dirige las cosas sin cuidado y sin entraña, sino más bien ese Dios padre y hermano que sabe nuestro nombre, conoce los años de nuestra edad y el domicilio de nuestra variopinta circunstancia.

Somos imagen y semejanza de Dios que nos ha llamado a la vida para plasmar esta cercanía que nos hace parecernos a Él como ninguna otra criatura se le parece. La similitud o el desenfoque se factura con esa manera de ver y abrazar las cosas con sus mismos modos y maneras cuando caminamos por sus senderos y siempre a su paso, o con los que dictan los demonios que nos enredan haciéndonos autónomos e independientes de ese Corazón entrañable y misericordioso.

La Iglesia no es otra cosa sino eso: la comunidad de los creyentes cristianos que se saben sostenidos y acompañados por Dios, el buen Dios que cuenta con cada uno de nosotros. Y esto se trasluce y concreta en los mil gestos y opciones que nos identifican como católicos: la liturgia con la que alabamos al Señor y recibimos sus sacramentos, la catequesis en la que nos formamos continuamente para madurar según nuestra edad dando razón de la fe y la esperanza, la caridad a través de la cual testimoniamos la solidaridad cristiana y nuestro compromiso por la justicia y la paz en tantos escenarios locales, nacionales e internacionales.

Para llevar adelante la concreción de nuestro parecimiento con Dios siendo en todo momento su imagen y semejanza a título personal y comunitario, la Iglesia necesita herramientas, espacios y cauces para expresar su liturgia, su catequesis y su caridad, junto a todo el bagaje que implica la cultura y el patrimonio que vamos heredando generación tras generación y que debemos seguir cuidando. Cuando hablamos de la Iglesia diocesana no hablamos de una entelequia abstracta, sino de personas concretas que en su rostro llevan escritas todas las letras de sus anhelos y añoranzas, sus momentos de aciertos y lo que yerran, sus gracias y pecados.

Aparecen niños con sus dependencias y jóvenes con sus preguntas, adultos con sus encrucijadas y ancianos con sus avatares. Gentes llenas de salud y personas que están heridas con las enfermedades. Espacios de acogida para los que siendo forasteros llaman a nuestra puerta, huyendo quizás de hambrunas, de dictaduras y de guerras. Pobres con todas sus pobrezas y mendigos de la verdad, la bondad y la belleza que no encuentran. Además, nuestro rico patrimonio hecho de piedras en las iglesias, los claustros, y tantas edificaciones que reclaman nuestra aportación y presupuestos.

Todo esto configura el tesoro de la comunidad cristiana, y Dios nos dice también aquí y ahora: estas personas te pertenecen, os las hemos confiado sabiendo que no podéis volver la cabeza para no hacer nada. Son vuestros sus llantos y con vosotros amasan sus esperanzas. Pero también el patrimonio cultural: la arquitectura, las artes plásticas varias, la música y la literatura. Todo es vuestro para que lo custodiéis y dejéis que hable contando una buena noticia. Dios cuenta con nosotros. Esta es su herencia y esta nuestra tarea. Y desde ahí nos asomamos a toda la realidad desde una mirada cristiana, ciertos de que los ojos de Dios nos miran.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo