Ayunar de palabras hirientes

Publicado el 01/03/2026
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Estamos haciendo este camino que nunca antes había sucedido y nunca jamás se volverá a dar. La Cuaresma de este año es un tiempo único, inédito e irrepetible. No es, sin embargo, un tiempo de inercia sino un tiempo de gracia, que se nos concede como camino de conversión, de volver a empezar y de seguir caminando por el sendero justo que nos marca el Señor. No han pasado en balde estos meses desde la última Cuaresma. Cuando uno mira a su alrededor hace recuento de las cosas que han sucedido en todo un año: aparecen nombres de las personas que nos faltan a la vera cotidiana, de las que se nos han dado como regalo de novedad; los sucesos que han marcado un antes y un después con su enojo o desenfado, con su gracia inmerecida o con la desgracia de su traspiés. Sí, todo un año en el que las cosas que han sucedido, las que no lograron suceder, lo que ocurrió en nuestro adentro más íntimo o en nuestro más público aparecer, hace que no seamos los mismos. En definitiva, recorremos este camino cuaresmal como un camino hacia la luz del alba más resucitada, sí, una andadura hacia la lumbre más cálida. Cada uno sabe qué se nos puede haber apagado o qué se nos ha podido enfriar, para poder reconocernos en esa llama que nos acerca la claridad y la calidez que nos hace menesterosos ante Dios y ante la vida.

El Papa León XIV nos ha escrito un mensaje de Cuaresma que vale la pena leer, porque incide en la escucha de Dios y del grito de los pobres, con el ayuno que nos prepara para reconocer y acoger esa doble voz que se solapa y que, siendo diferente, es inseparable: «nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real… Pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor». Todo un programa sencillo para vivir esta Cuaresma inédita.

Recordamos cómo en este tiempo de Cuaresma, son tres los gestos que nos señala la Iglesia: el ayuno que nos invita a mirar a Jesús que ayunó, que nos hace solidarios con quienes no pueden elegir salir del hambre, y que nos educa en el prescindir de tantas cosas que no alimentan, aunque nos puedan atiborrar con su vacío. La limosna que nos hace hermanos imitando a un Dios limosnero que nos entregó su máxima riqueza, su tiempo, su vida y su amor como aprendemos en el Hijo de Dios. La oración que nos despierta a la certeza de sabernos acompañados por el Señor, que no sólo nos han indicado el camino, sino que se ha hecho caminante junto a cada cual en el tramo biográfico recorrido en estos días. Son las tres actitudes con las que hacemos este camino cuaresmal. Estemos atentos a la palabra de Dios cada domingo, a los gestos que la Iglesia nos indica, y preparemos a fondo una buena confesión de nuestros pecados estando seguros del perdón más grande que sólo nos otorga Dios.

Tiempo único, que se nos concede a todos situando nuestra vida ante el Señor, poniendo nombre a nuestras penumbras en las que esperamos que amanezca y se encienda la luz y la lumbre de Dios. Sólo así entraremos en la verdadera Pascua de una auténtica alegría con Jesús resucitado, y tras nuestras noches oscuras llegaremos a la alborada viva.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo