Ante la Jornada de la Infancia Misionera que celebramos este domingo, 18 de enero, aprovechamos la breve estancia en Asturias de Alfonso Pombo, misionero laico, natural de Mieres, para hablar con él sobre su experiencia en la Amazonía Peruana, donde se fue hace poco más de un año y permanecerá, en principio, un total de tres. Estos días, además, ha querido acercarse a varios colegios de la diócesis para compartir su testimonio con los más pequeños.
¿Cómo les estás contando a los niños aquí en Asturias dónde estás y qué es lo que haces?
Yo creo que lo primero es ubicarles, es cierto que, donde me encuentro viviendo ahora es una realidad que es muy lejana y muy aislada. Pero yo creo que también es importante que estos sitios donde muy poca gente llega e incluso las instituciones de los propios estados tienen bastante abandonada la población, es importante que, desde aquí, ya desde la infancia, se hable de estas situaciones, de estas personas, de las problemáticas que viven y sobre todo en una zona como la selva, la Amazonía, de la que dependemos a nivel global todo el planeta, de lo que pase ahí, a nivel medioambiental. Les cuento el día a día de los niños, cómo viven ellos allí y así les acerco esa realidad.
Es una zona que hacía mucho tiempo que contaba con atención religiosa. ¿Cómo os recibieron y cómo fue vuestra llegada?
La verdad es que la gente estaba muy contenta porque eran ya 13 años sin presencia misionera en este puesto de misión. Nosotros nos encontramos en el Vicariato San José del Amazonas, que está al noreste del país, en plena Amazonía peruana y claro pues es un territorio enorme, casi una cuarta parte de la población de todo el país de España y hay pocos misioneros. Hay diferentes puestos de misión a lo largo de los ríos y hay varios donde no hay misioneros porque no hay gente. No hay suficiente personal de sacerdotes, de religiosos o religiosas, laicos, que estén allí en la misión. Este puesto de misión en concreto llevaba 13 años sin presencia y la gente le insistía al Obispo, al Vicario de allí por favor, mándenos misioneros, mándenos misioneros. Entonces la acogida fue maravillosa, la gente muy amable, muy acogedora, con muchas ganas de que empezáramos a trabajar con ellos, a hacer cosas. Entonces la verdad es que estamos encantados.
Hablas del río como la única forma de comunicarse entre las poblaciones.
Es que ahí no existen carreteras ni hay coches porque es toda una llanura amazónica cubierta de la selva. La comunicación, la movilidad es toda a través del río. El río es, digamos, como la vida en las comunidades. Entonces todo es a través de los ríos para comunicarse, para transportar cosas, todo, todo es a través de los ríos.
¿De qué viven aquellas personas? ¿Cómo es su economía y su día a día?
Es una economía muy de subsistencia. Yo vivo en una comunidad que tiene unas 120 personas, y es un contexto totalmente rural. Ellos tienen su pequeña parcela donde cultivan –ellos lo llaman la chacra–, suelen cultivar sobre todo yuca y plátano. Y después tienen el río, que es su fuente también de comida. Ahí la pesca es muy habitual, todas las personas van todos los días a pescar a ver que cae en la trampa y luego de vez en cuando también ellos salen al monte a cazar. Entonces también hay pues carne «de monte», como lo llaman, que son animales distintos a los que hay aquí, un poco raros algunos, pero bueno básicamente la economía es una economía de subsistencia y bueno el día a día en estas comunidades es muy tranquilo, es muy agradable, muy afable, muy amistosa y la vida es una vida tranquila, vida de pueblo, de aldea, lo que pasa es que luego también hay una serie de problemáticas ahí a nivel social que nosotros también desde la misión intentamos acompañar y abordar.
¿Y qué tipo de problemáticas son esas?
Por ejemplo, el tema del alcoholismo, allí es una realidad que, bueno, sucede en muchas partes de Sudamérica, pero en concreto en esta es una realidad muy fuerte que es origen de otros problemas relacionados con la violencia intrafamiliar, el abuso a la infancia etc. Esa una realidad que afecta mucho a las comunidades. Luego está el tema de la pobreza. Son comunidades donde es muy difícil obtener dinero y recursos económicos. La gente tiene sus necesidades alimenticias cubiertas, pero es cierto que a nivel económico la gente no tiene facilidades porque no hay trabajos formales, no hay capacidad de tener un empleo e incluso si tú tienes algo de excedente en tu huerta, el hecho de transportarlo a la ciudad o a otros sitios para poder venderlo es muy complicado. Toda esta distancia y el aislamiento de las comunidades les afecta mucho.
Y luego está todo el tema de la problemática medioambiental, de la depredación de la selva por las diferentes economías ilegales que hay allí: la minería del oro, la tala ilegal, el cultivo de la coca, son realidades también que marcan la vida de las comunidades.
¿Cuál es vuestra labor allí?
Esta misión es una misión prácticamente de presencia, de estar, porque son comunidades muy pequeñitas. El puesto de misión que nosotros atendemos comprende 27 comunidades y no llega a 4.000 habitantes en total. Es una realidad muy de primer anuncio también, porque después de tanto tiempo sin misioneros, la vida de fe en las comunidades, pues bueno, está un poco debilitada. Nuestra intención es, primero, y todavía estamos en ese proceso, de conocer la realidad, de darnos a conocer, que la gente sienta la presencia de los misioneros como personas que son amigas, cercanas, accesibles. Entonces, es una presencia muy bonita de acompañar a la gente en su día a día, visitar mucho a las familias, a los enfermos, visitar todas las tardes. En otras experiencias misioneras que yo tuve anteriormente teníamos, por ejemplo, un internado o algo así donde tienes un horario establecido con tus clases y demás. Aquí no. Es un poco, pues bueno, pues de estar acompañando a la gente, que a veces te pican a la puerta por la mañana, por la tarde y vienen a hablar contigo, a contarte sus problemas y bueno, pues hablas con ellos y estás a su lado. También, importante, es una misión de fortalecer a los agentes pastorales locales de aquí. Porque como es una realidad donde desgraciadamente la presencia de misioneros es muy inestable porque hay tan poco personal que hoy estamos y mañana no estamos, en el Vicariato nos insisten mucho en fortalecer los equipos de agentes de pastoral para que ellos mismos puedan vivir su fe, tener sus catequesis, sus sacramentos y demás. Entonces en esa línea también de fortalecimiento de los agentes locales estamos trabajando.
Antes mencionabas que los problemas de los adultos influyen en los niños. Tú que has estado vinculado al mundo de la educación, ¿cómo ves a los niños?
Allí en la selva más de la mitad de la población es menor de edad. Estamos hablando de una población muy joven y en todos los pueblitos te encuentras niños y bueno pues es una realidad muy fuerte, la verdad. Depende mucho también de la familia, que es un poco lo que da soporte, lo que da protección a la infancia. Entonces, desgraciadamente, en estas zonas hay muchas familias disfuncionales y hay un abandono en el tema de la infancia muy fuerte. Y lo que hablábamos también del tema del alcoholismo también es fruto de muchas situaciones, la verdad, terribles. De maltratos, de abandono, de abusos. Nos toca lidiar con ello, porque por esta presencia que hacemos, te cuentan o acabas conociendo muchos casos. Y es difícil porque tienes que evaluar cómo intervienes. Nosotros intentamos hacer escuelas de padres, en colaboración con el colegio, para ayudar y educar en todos estos temas y tratarlos desde la familia, que digamos que es el origen de todo, tanto para lo bueno como para lo malo. Intentamos, desde nuestra pequeña aportación, poner nuestro granito de arena para mejorar un poco la calidad de vida de la infancia allí.